La crianza que puede evitar tragedias: suicidio masculino y violencia sexual

Hay dos crisis de salud pública que rara vez se nombran juntas, aunque comparten una raíz común: los hombres mueren por suicidio a tasas alarmantemente más altas que las mujeres, y las mujeres enfrentan violencia sexual con una frecuencia que debería avergonzarnos como sociedad. Son tragedias distintas, con víctimas distintas, pero nacen del mismo lugar: una forma de criar a los varones que los desconecta de su mundo emocional desde muy pequeños.

Al niño se le enseña, de mil maneras explícitas y sutiles, que las emociones son debilidad. No llores. Aguanta. Los hombres no piden ayuda. El dolor se resuelve solo o se oculta. El valor propio viene del control, del estatus, de la conquista. Ese niño crece sin lenguaje emocional, sin modelos de vulnerabilidad, sin herramientas para procesar lo que le duele que no sean la rabia, el silencio o la acción impulsiva. El resultado se bifurca: algunos colapsan hacia adentro, en depresión y suicidio. Otros colapsan hacia afuera, en agresión y violencia. Dos expresiones distintas del mismo vacío.

Lo que previene ambas tragedias no son campañas de último momento ni charlas de sexualidad a los catorce años. Es algo más profundo, más cotidiano, más exigente: una crianza que nombre y valide las emociones desde temprano. No solo preguntar “¿estás bien?” sino “veo que estás frustrado, triste, asustado.” El vocabulario emocional que un niño aprende en casa es el que usará, o no podrá usar, cuando adulto necesite pedir ayuda o cuando enfrente un impulso que no sabe cómo manejar.

Igual de poderoso es lo que los adultos modelan. Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice. Un padre que admite que estuvo triste y buscó apoyo transmite algo que ninguna charla puede reemplazar. Una figura masculina que pide disculpas, que cuida, que llora, que va a terapia, está reescribiendo en silencio lo que significa ser hombre. La ausencia de esos modelos deja un vacío que la cultura llena con estereotipos peligrosos.

La educación en empatía y consentimiento tampoco empieza en la adolescencia. Empieza a en la niñez, en el juego, en el cuerpo, en los vínculos cotidianos. ¿El otro quiere esto? ¿Cómo crees que se siente? ¿Qué pasa cuando alguien dice que no? Estas preguntas, repetidas con constancia y sin dramatismo, construyen una arquitectura interna que más tarde hace la diferencia entre el respeto y la violación, entre buscar ayuda y desaparecer en silencio.

También importa cómo cuestionamos la masculinidad tóxica. Hay una diferencia crucial entre avergonzar a un niño por sus actitudes y ayudarlo a entender por qué ciertas ideas lo dañan a él y a quienes lo rodean. La vergüenza cierra. La comprensión abre. Un niño al que se le dice “eso está mal” aprende a ocultarlo. Un niño al que se le ayuda a entender aprende a transformarlo.

La evidencia de los programas de prevención más efectivos — tanto de suicidio como de violencia sexual, apunta siempre en la misma dirección: las intervenciones que funcionan son tempranas, sostenidas en el tiempo, involucran figuras masculinas significativas, y trabajan habilidades emocionales, no solo información. No son eventos únicos. Son culturas, entornos, familias, escuelas donde la emoción tiene lugar y el dolor no se ridiculiza.

La paradoja más importante de todo esto es esta: la crianza que protege a los varones de sí mismos es la misma que protege a las mujeres de ellos. No son agendas opuestas ni conversaciones separadas. Son la misma pregunta, vista desde dos ángulos: ¿qué le enseñamos a un niño que es, que siente, y que puede hacer con lo que le duele?

Cada uno de nosotros forma parte de esta respuesta. Como madres, padres, docentes, profesionales de la salud, familiares, vecinos. La pregunta no es si podemos cambiar esto, la evidencia dice que sí podemos. La pregunta es si estamos dispuestos a empezar por lo incómodo: revisar lo que enseñamos, lo que toleramos, lo que modelamos en silencio. Las tragedias que queremos evitar no ocurren de repente. Se construyen, año tras año, en lo pequeño y lo cotidiano. Y ahí mismo, en lo pequeño y lo cotidiano, también se previenen.

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