Salud Mental 1.0: Normal vs. Saludable
Muchas veces tenemos la tendencia de usar “normal” y “saludable” como sinónimos,
pero en psicología y en salud mental son conceptos muy diferentes. Lo “normal” se
refiere estrictamente a una norma estadística: a lo que le ocurre a la mayoría de las
personas o lo que está socialmente aceptado. Lo “saludable” se refiere a la
funcionalidad; a lo que nos permite funcionar de manera óptima.
Toda emoción, pensamiento, conducta y/o límite que promueva equilibrio, y capacidad
de gestión, afrontamiento y disfrute es saludable y beneficioso para la salud mental.
Siempre me meto en problemas con este ejemplo, pero me parece que es bueno para
entender estas diferencias: Lo normal en Panamá es ofrecer bebidas alcohólicas en las
fiestas de quince años a los invitados menores de edad. (Ya sabes para dónde voy…)
Es claro que esto no es saludable (tampoco legal), pero es normal. Este fenómeno de
la “normalidad tóxica”; se extiende a otros ámbitos. Por ejemplo, es “normal” vivir
estresado, dormir cuatro horas y almorzar frente a la computadora porque “hay mucho
trabajo”. Socialmente, esto incluso se aplaude como señal de compromiso. Pero ¿es
saludable? Para nada. El hecho de que “todo el mundo lo haga” no significa que le
haga bien.
En cuanto al tema de la salud mental, estar saludables no lo indica el hecho de estar
libre de enfermedades o diagnósticos, sino el tener capacidades. Recordemos la
definición de salud mental de la OMS: “estado de bienestar mental que nos permite
enfrentar a los momentos de estrés de la vida, desarrollar nuestro potencial, aprender y
trabajar adecuadamente y contribuir a la comunidad”. Si lo vemos desde la parte física,
estar sano no es solo no tener una enfermedad; es tener la capacidad de usar nuestro
cuerpo de manera óptima. En salud mental el estar sano es tener una actitud positiva
hacia la vida, a pesar de las dificultades que pueda tener, sentirse bien acerca de sí
mismos y los demás y actuar de manera responsable en las relaciones y el trabajo.
Además, una persona saludable no es aquella que siempre sea positiva y sonriente, y
jamás tenga problemas o estrés; es la que tiene la capacidad de ser flexible
psicológicamente. Los siguientes son rasgos que una persona emocionalmente
saludable puede poseer:
1. Resiliencia: La capacidad para lidiar con las adversidades de la vida y seguir
adelante y/o adaptarse a la realidad. (Ej.: La vida te golpea con la pérdida de un
ser querido; te duele, tomas un tiempo para hacer tu duelo y luego vuelves a tu
vida diaria)
2. Regulación emocional: El poder sentir la gama de emociones, regulándolas sin
reprimirlas. (Ej.: Estás enojada y decides cómo responder, dejando de lado la
reacción impulsiva)
3. Autonomía: La capacidad de tomar decisiones o tener opiniones sin necesitar la
aprobación de los otros.
4. Percepción de la realidad: La capacidad de ver las cosas desde la realidad y
sentir que vale la pena intentar hacer lo que se pueda. (Ej.: Si lo más probable
es que llueva, aunque mate por un día soleado, voy a llevar mi paraguas y por lo
menos no me mojo).
5. Establecimiento de límites: El saber decir no sin culpa y entender que poner
límites no es un acto de egoísmo, sino de autocuidado para proteger la energía y
el espacio mental.
6. Autocompasión: El tratarse a uno mismo con amabilidad cuando fallamos (a
diferencia de la autoestima, que a veces depende de logros); ser ese buen
amigo para uno mismo al cometer un error, en lugar de ser nuestro juez más
severo.
El camino hacia la salud mental comienza cuando nos atrevemos a cuestionar lo
normal. Hace falta valentía para mirar nuestras costumbres, nuestras rutinas y nuestras
relaciones y preguntar: “Esto es lo que hace todo el mundo, pero ¿me hace bien a
mí?”.
Toda emoción, pensamiento o conducta que promueva tu equilibrio y tu paz mental es
saludable, aunque nadie más a tu alrededor lo esté practicando. La invitación de hoy es
simple: deja de intentar ser normal y empieza a priorizar ser saludable.
Salud Mental 1.0: Mitos y realidades
He estado pensando de qué manera estos escritos podrían ser de mayor ayuda y lo que he decidido es darle un poco de orden y continuidad. A partir de hoy y por algunas semanas quisiera compartir con ustedes información base sobre la salud mental. La razón es que 1 de cada 4 personas sufre de alguna enfermedad mental en algún momento de su vida. Hoy en día la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 450 millones de personas tienen alguna dificultad de salud mental y la detección temprana es la mejor manera de prevenir situaciones de riesgo.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), define la salud mental como un estado de bienestar mental que nos permite enfrentar a los momentos de estrés de la vida, desarrollar nuestro potencial, aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a la comunidad. Una persona con buena salud mental y emocional puede funcionar utilizando las habilidades que posee según la etapa de vida en la que se encuentra. Por ejemplo: un niño de cinco años podría ir a la escuela, aprender lo que la maestra le enseña y relacionarse con sus compañeros; un adulto de treinta y cinco años podría trabajar de manera productiva, ser responsable de sus acciones y relacionarse con amigos y compañeros.
Mi definición preferida es la de Sigmund Freud. Él decía que una persona emocionalmente saludable es la que puede trabajar, jugar y amar. Con esto él quería decir que se puede aprender, poner en acción lo aprendido, disfrutar de la vida, tener sentido del humor y fortaleza para lidiar con las dificultades, el estrés y los duelos. Sobre la capacidad de amar, decía que es tener relaciones familiares, de amistades y de pareja de manera saludable. Con estas definiciones podemos observar que la salud mental incluye lo cognitivo, lo conductual, lo emocional y lo social.
Algunos de los mitos de la salud mental son:
1. Tener problemas de salud mental significa estar loco: Falso. Sufrir de un trastorno mental no significa estar loco, significa que se tiene una enfermedad provocada por factores genéticos, sociales, ambientales y/o biológicos, y que en la mayoría de los casos puede tratarse exitosamente. Las personas con trastornos mentales deben ser tratadas de manera respetuosa y digna.
2. Las personas no tienen enfermedades mentales, solo quieren llamar la atención: Falso. El sufrimiento de una persona con dificultades en su salud mental es real y debe ser atendido. Está comprobado que el sufrimiento emocional prolongado, complica los cuadros y compromete la vida de estas personas.
3. Para curarse se necesita voluntad, pensamientos positivos y oración: Si bien la fe es importante para muchas personas, los padecimientos de salud mental son enfermedades que deben ser tratadas por los profesionales idóneos. La voluntad, la fe y el positivismo pueden ser factores de protección que nos ayudan en el proceso de mejoría mas no son el tratamiento indicado.
4. Las personas con enfermedades mentales son violentas e impredecibles: Falso. Padecer de un trastorno mental no significa ser violento ni peligroso. Este estigma causa mucho daño, pues la persona que padece el trastorno se aísla por temor a ser percibida como violenta y agresiva y las personas de su entorno la evitan o rechazan por temor.
5. La enfermedad mental es un signo de debilidad: Falso. Muchas personas padecen trastornos mentales y evitan buscar ayuda por miedo a ser percibidas como débiles o se sienten incapacitadas por su enfermedad. El sufrir de una enfermedad mental no tiene nada que ver con un carácter débil. Muy por el contrario, buscar ayuda es señal de fortaleza del individuo.
Acabar con estos mitos es el primer paso para construir una sociedad más empática y saludable. Si recordamos la definición de Freud, la meta es recuperar nuestra capacidad de “trabajar, jugar y amar”. No permitamos que creencias falsas o el miedo al “qué dirán”; nos alejen de esa plenitud.
La salud mental no es un lujo: es una parte esencial de nuestra humanidad. Les invito a reflexionar esta semana sobre estos mitos y a observar si alguno de ellos ha rondado por sus pensamientos. En la próxima entrega profundizaremos más en las señales de alerta y cómo dar los primeros pasos hacia el bienestar.
El arte de Validar la experiencia emocional
Cuántas veces hemos experimentado una situación difícil o nos hemos sentido tristes, abrumados o bravos y, al compartir nuestras emociones con un ser querido, la respuesta es: “No te sientas así”, “Todo pasa por algo y quizá fue mejor para ti” o “Todo va a estar bien, olvídate de eso” … Todas estas respuestas son ejemplos de invalidación. La mayoría de las personas responden así con buenas intenciones: para hacernos sentir mejor o para ayudarnos a ver otra perspectiva. Otras lo hacen porque les afecta vernos sufrir y necesitan sacarnos de la emoción lo más rápido posible, o por temor a que, al validar nuestras emociones, pensemos que están validando nuestra conducta u opinión. La realidad es que estas respuestas no solo no ayudan; hacen daño a quien las recibe y a la relación entre los interlocutores.
La Dra. Marsha Linehan, quien ha estudiado la validación y sus efectos por años, define el acto de validar como recibir la experiencia emocional del otro con entendimiento, legitimidad y aceptación. La validación no busca cambiar la experiencia emocional del otro; busca resaltar la experiencia para facilitarle a la persona la aceptación de sus emociones y cómo las experimenta. A la vez, la ayuda a regular sus emociones porque promueve espacios seguros de conversación, entendimiento y conexión. Lo que a disminuye la frecuencia, intensidad y duración de la desregulación. Por último, fortalece y mejora las relaciones entre padres e hijos, parejas y amigos. Los estudios indican que la invalidación hace que quien la recibe se sienta castigado, avergonzado, no escuchado o no entendido. Todo esto altera más la respuesta emocional y la relación.
¿Cómo se aprende a validar? Comenzamos por escuchar activamente la experiencia del otro. Por ejemplo, si estamos en un lugar con alguien que dice “tengo calor” y nosotros pensamos “yo no”, ambas experiencias son válidas porque cada uno tiene su propia percepción de la temperatura. Así mismo pasa con las emociones: lo que para nosotros es fuerte, difícil o agradable, puede ser diferente para el otro. Validar no niega nuestra experiencia o nuestra opinión, ni indica que el otro tiene la razón; solo comunica: “Puedo ponerme en tu lugar, entenderte y aceptar tu experiencia como real para ti”.
Lo siguiente es nombrar y reconocer las emociones del otro: “Veo que estás muy frustrado”; “Puedo entender que lo que acaba de suceder te afectara de esa manera”. Reflexionar en las palabras del otro nos ayuda a poder validar: “Lo que escucho es que estas desilusionado porque no recibiste lo que querías, ¿es así?”.
Un punto muy importante es no tratar de validar y enseñar a la vez. Si decimos “Entiendo que te sientas así, PERO…” El “pero” invalida la idea anterior. Debemos poner un espacio entre validar y el tratar de aclarar, ya que las respuestas emocionales no son lo mismo que las conductas. Si estamos en una tienda y le decimos a nuestro hijo: “No vamos a comprar juguetes hoy” y empieza a llorar, podemos decirle: “Puedo entender cuánto te molesta que te diga que no y puedes expresármelo” y a la vez mantener el límite de no comprar el juguete. Así mismo con adultos: “Veo que mis palabras han causado una respuesta de dolor en ti y lo lamento. A veces el no estar de acuerdo puede ser doloroso”.
Integrar la validación en nuestro día a día requiere un cambio de perspectiva consciente: dejar de intentar "arreglar" las emociones ajenas para empezar a acompañarlas. Como nos enseña el trabajo de la Dra. Linehan, validar no significa estar de acuerdo con una conducta ni renunciar a nuestros propios límites, sino ofrecer un espacio seguro donde la experiencia del otro sea recibida con legitimidad y sin juicios. Al evitar el "pero" inmediato y reconocer que la realidad emocional de cada persona es única y válida, transformamos el conflicto en conexión. Practicar esta escucha activa, nombrando y reconociendo el sentir del otro, no solo disminuye la intensidad del malestar y evita la vergüenza; también ayuda a la regulación de las emociones y construye puentes de confianza que fortalecen profundamente nuestros vínculos con hijos, parejas y amigos.
El poder de los 8 minutos: Cómo conectar de verdad en tiempos de prisa
En pocos días vienen las fiestas de fin de año. Para algunos, esto significa alegrías y conexión; para otros, estrés económico y ansiedad creada por relaciones difíciles o soledad por falta de seres queridos.
Simon Sinek nos habla del impacto significativo que tiene el dedicar tiempo a quienes nos rodean, incluso unos minutos al día. Así surgió el concepto de “ocho minutos de conexión”: se ha visto que el vínculo humano, incluso en momentos breves de atención y aprecio, puede fomentar cercanía y confianza, cambiando radicalmente el estado de ánimo de las personas. La idea central es que las relaciones fuertes se construyen en pequeños actos de consideración y presencia, lo que puede transformar tanto la vida personal como la laboral. Esta premisa no es solo anecdótica; la ciencia la respalda. Existen teorías como la de la "resonancia positiva" de la Dra. Barbara Fredrickson, que demuestra cómo incluso una interacción breve pero genuina sincroniza nuestra biología y libera oxitocina, reduciendo el estrés casi de inmediato. Asimismo, el Estudio de Harvard sobre la felicidad introduce el concepto de "fitness social": al igual que los músculos, los vínculos necesitan ejercicios breves y constantes para mantenerse sanos. Esto se alinea con los hallazgos de los doctores Gottman en parejas, quienes observaron que responder a las "ofertas de conexión" —esos pequeños llamados de atención cotidiana— tiene un impacto mucho más significativo en la estabilidad emocional que los grandes gestos esporádicos.
En los tiempos en los que vivimos, donde estamos sumamente ocupados y “conectados” por la tecnología, los seres humanos podemos sentirnos paradójicamente aislados. La idea de conectar por ocho minutos ofrece un enfoque eficaz para promover vínculos más completos. Ocho minutos alcanzan para entender el estado de ánimo de nuestro interlocutor y dejarle saber que le tenemos en mente, sin la presión de tener que resolver problemas complejos y sin sentir que requiere una inversión inmensa de nuestro día.
¿Y cómo se ve esto en la práctica? Pensemos en Elena, una ejecutiva y madre de dos hijos. Por fuera parece tener todo bajo control, pero por dentro siente una ansiedad galopante por los gastos y la logística familiar. Normalmente, Elena no llamaría a su mejor amiga porque "no tiene tiempo para una hora de café" y no quiere molestar. El cambio con los 8 minutos: Elena envía un mensaje previo: "¿Tienes 8 minutos para hablar? Necesito escuchar una voz amiga". Se llaman. Durante esos 8 minutos, Elena se desahoga sobre el estrés de la cena navideña sin esperar que su amiga le solucione la vida. Su amiga escucha y valida su esfuerzo. Al colgar, Elena no tiene menos trabajo, pero su batería emocional se ha recargado y ya no se siente sola frente al reto.
Es importante subrayar que el objetivo de esta práctica es interactuar brevemente para aliviar el sentimiento de soledad. El solo hecho de saber que hay alguien dispuesto a dedicarte tiempo es una fuente de alivio. Sin embargo, sabemos que hay personas que necesitarán más que eso. Brindar apoyo en dificultades profundas toma más tiempo, pero iniciar con pocos minutos siembra una excelente rutina de regulación emocional.
En caso de que la persona necesite más tiempo o apoyo, te recomiendo: En caso de que la persona necesite más tiempo o apoyo te recomiendo: No cortar la conversación abruptamente. Di algo como: "Lo que me cuentas es muy importante y quiero darte la atención que mereces. ¿Te parece si nos tomamos un café el sábado y hablamos con calma?". En situaciones de crisis, a veces no se necesitan consejos, sino presencia. Dedica tiempo a escuchar sin juzgar y sin interrumpir, validando las emociones. Si el problema excede tu capacidad de ayuda (como depresión profunda o ansiedad severa), sugiere gentilmente buscar ayuda profesional, recordándole que pedir ayuda es un acto de valentía, no de debilidad.
En esta época de fiestas, o en cualquier momento del año, te invitamos a dedicar, como mínimo, ocho minutos para dar o solicitar apoyo. Este pequeño gesto puede acercarnos de manera más profunda y humana, fortaleciendo nuestras conexiones y promoviendo un verdadero sentido de comunidad.
De la certeza al descubrimiento
Te ha pasado que al conversar con una persona intentas que vea otra perspectiva y se te hace imposible; aunque le das hechos que comprueben lo que le dices, no cambia lo que cree. Es que las creencias están más arraigadas emocionalmente en uno que los hechos.
Hay varias definiciones para las creencias: La manera que nuestro cerebro le da sentido a el mundo a nuestro alrededor. Representaciones mentales de las maneras que nuestro cerebro espera que se comporten las cosas en nuestro ambiente y cómo debemos relacionarnos con ellas. Algunos dicen que las creencias son las fórmulas que usamos para un aprendizaje eficiente y que son esenciales para sobrevivir. Por ejemplo, “Si anticipo todo lo malo que puede pasar, me mantengo a salvo.” En realidad, anticipar constantemente nos mantiene en estado de alerta y esto afecta nuestra salud emocional y física.
¿Cómo se forman las creencias? Los seres humanos conocemos el mundo que nos rodea a través de nuestros sentidos, lo que hace que sea difícil pensar que nuestra percepción sea subjetiva y tenga distorsiones. Ya por ahí empezamos a tener información que no es totalmente válida. Se dice que la a cantidad de información que recibimos en cada momento es el equivalente de entre diez y once millones de bits por segundo, nuestro cerebro tiene que filtrar esta información para que podamos utilizarla y el cerebro lo hace más por la eficiencia que por la exactitud. Cuando recibimos información nueva, el cerebro la compara de inmediato con esquemas previos para evaluar su coherencia, o sea, si encaja con lo que ya “sabemos” o esperamos, pondera la credibilidad de la fuente, ¿Es experta, cercana, confiable, consistente en el tiempo? y estima su utilidad práctica: ¿Me sirve para predecir, decidir o actuar? Este “triage” cognitivo no es neutral: Las emociones modulan la evaluación desde el inicio. El agrado, familiaridad, recompensa, afinidad con nuestra identidad o grupo, facilita la aceptación y el recuerdo; la amenaza, miedo, ansiedad, implicaciones de pérdida o riesgo para el estatus, activan defensas como el escepticismo, la racionalización o el rechazo. Así, una misma evidencia puede ser integrada, cuestionada o descartada según cuánto confirme nuestros modelos mentales, cuán confiable percibamos al emisor y qué costos o beneficios emocionales y prácticos anticipemos al incorporarla.
Poner a prueba nuestras creencias es valioso porque mejora la precisión con la que entendemos el mundo y, por tanto, la calidad de nuestras decisiones. Reduce distorsiones y errores costosos, nos hace más adaptables ante cambios, fortalece el aprendizaje y la creatividad, y evita quedar atrapados en ideas obsoletas. También favorece la humildad intelectual, disminuye la polarización y mejora las relaciones, porque debatimos con más respeto y evidencia.
¿Cómo podemos hacer para batallar contra las fuerzas que nos hacen arraigarnos a nuestras creencias y abrir un espacio para comprobar si son valida o no y así aprender algo nuevo y valido? Para desafiar el apego a nuestras creencias, conviene crear un “laboratorio” personal de verificación: Primero regula la emoción, respira, nombra lo que sientes y recuerda que no eres tus ideas. Plantea preguntas socráticas, “¿Qué evidencia me haría cambiar?”. Debate contigo mismo, intenta reconstruir la mejor versión de la postura opuesta y busca activamente datos que refuten tu posición, no solo los que la confirmen. Diversifica fuentes y voces, incluye expertos con credenciales y personas que piensen distinto, anota tus predicciones y revisa resultados para calibrarte, y realiza experimentos pequeños y reversibles en la vida real que pongan a prueba tus hipótesis; así reduces sesgos, abres espacio a lo nuevo y aprendes de forma confiable sin poner en riesgo tu identidad ni tus relaciones.
Como señalan Hugo Mercier y Dan Sperber en el libro “The Enigma of Reason”, en contextos donde la supervivencia era prioritaria nuestra razón evolucionó menos para descubrir la verdad en solitario y más para justificar y ganar argumentos en lo social. Por eso, cambiemos el propósito: En vez de debatir para vencer, dialoguemos para comprender; sustituyamos el impulso de defender identidades por el esfuerzo de contrastar hipótesis en conjunto. Así honramos cómo funciona realmente la mente humana y abrimos un espacio donde las creencias pueden actualizarse con respeto, evidencia y aprendizaje mutuo.
¿Para qué sirven las emociones?
Antes de responder, te invito a reflexionar: ¿qué son las emociones y los sentimientos? ¿Parecen iguales? ¿Cuántas conoces? ¿Puedes reconocer las que experimentas en tu día a día? Muchas veces, confundimos estos conceptos y los usamos indistintamente, pero en realidad tienen diferencias importantes que afectan cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
Las emociones son respuestas físicas y psicológicas inmediatas, automáticas, intensas y de corta duración. Se activan en respuesta a estímulos, ya sean internos o externos, y nos preparan para actuar. Por ejemplo, sentir miedo ante un peligro, alegría por una buena noticia, tristeza por una pérdida o sorpresa por algo inesperado son todas emociones. Estas reacciones suelen venir acompañadas de cambios en nuestro cuerpo: el corazón late más rápido, la respiración se acelera, las palmas sudan o se nos eriza la piel. Son respuestas que ocurren en nuestro sistema nervioso y que tienen una función evolutiva: alertarnos, protegernos o preparar nuestro cuerpo para una acción.
Por otro lado, los sentimientos son las interpretaciones, valoraciones o significados que damos a esas emociones. Es decir, después de experimentar una emoción, nuestro cerebro analiza y le asigna un sentido a esa reacción. Por ejemplo, después de sentir miedo, podemos pensar que estamos en peligro, o después de sentir alegría, podemos interpretar que algo positivo nos está sucediendo. Es en este proceso interno donde surgen sentimientos como amor, gratitud, nostalgia o inseguridad. Estos productos de nuestra mente y de nuestra historia personal se desarrollan en un plano más duradero y consciente.
Un ejemplo claro puede ser la alegría: la emoción en sí misma puede surgir al recibir una buena noticia, pero si luego pensamos que merecemos esa alegría o que no la merecemos, el sentimiento puede transformarse en gratitud, satisfacción o incluso orgullo. En cambio, una emoción como el miedo puede convertirse en inseguridad si interpretamos que no tenemos control sobre una situación o en ansiedad si nos preocupa el futuro.
El reconocimiento de nuestras emociones y sentimientos no solo nos aporta autoconciencia, sino también herramientas para gestionar nuestras vidas. Nombrar una emoción, reconocerla sin juicios, es el primer paso para aprender a manejarlas. Sin embargo, muchas veces evitamos sentir porque algunas emociones o sentimientos nos parecen incómodos o dolorosos. La incomodidad es en realidad una aliada; nos indica que algo en nuestra vida necesita atención o cambio, como cuando sentimos ardor en la mano y movemos la mano del fuego, tanto literal como simbólicamente.
Una de las principales dificultades para conectar con nuestras emociones es la falta de auto conocimiento. Muchas personas no saben cómo identificarlas o nombrarlas, ya sea porque nadie les enseñó o porque las normas sociales lo fomentan. En culturas machistas, por ejemplo, a los hombres se les enseña a reprimir sus emociones para parecer fuertes, lo que impide entender qué sienten realmente. Esta represión puede derivar en problemas de salud mental y dificultades en las relaciones interpersonales.
Además, las emociones y los sentimientos son complejos y muchas veces vienen mezclados o contradictorios. Podemos sentir miedo y amor al mismo tiempo, o tristeza y esperanza. Este entrelazamiento hace que sea difícil entenderlas y nombrarlas con precisión. La clave está en la paciencia y en la curiosidad por observarnos sin juzgarnos. Podemos comenzar por explorar las sensaciones físicas en nuestro cuerpo: ¿tengo tensión en los hombros?, ¿siento un hueco o pesadez en el estómago? Estas señales físicas son la puerta de entrada para entender lo que nos pasa emocionalmente.
Una estrategia útil es activar nuestro sistema nervioso: una ducha caliente, escuchar música o realizar respiraciones profundas puede ayudarnos a conectarnos con las sensaciones en el cuerpo. También es fundamental rodearnos de espacios y personas que nos brindan seguridad, confianza y aceptación, ya que eso facilita abrirse y aceptar nuestras emociones sin miedo.
En algunas ocasiones, las herramientas del autoconocimiento no son suficientes y puede ser recomendable buscar ayuda profesional. Un terapeuta puede acompañarnos en el proceso de entender y gestionar nuestras emociones, facilitando así una vida emocional más saludable.
Las emociones y los sentimientos cumplen funciones esenciales en nuestra vida. Nos alertan, nos motivan, nos conectan con nuestro interior y con los demás. Nos ayudan a comprender quiénes somos y qué estamos viviendo en ese momento. Reconocer y nombrar nuestras emociones nos da autonomía para decidir cómo responder a ellas y aprender a vivir en armonía con nuestro mundo interno. En un proceso consciente, podemos transformar las emociones incómodas en oportunidades de crecimiento y autodescubrimiento. La clave está en aceptar que sentir, en toda su diversidad, es parte de nuestra condición humana y que cada emoción tiene un propósito valioso para nuestro bienestar.
El poder invisible de la salud mental: Equilibrio interno, impacto externo.
Algunas personas dicen que el tema de la salud mental está de moda, yo quisiera pesar que luego de lo que hemos vivido en los últimos años, hemos aprendido a reconocer el valor que tiene tener conciencia de la salud mental y sus efectos.
Un ejemplo es en al ámbito labora donde las estadísticas son bastante claras. La Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que un sesenta por ciento de la población mundial trabaja y que quince por ciento de estos tiene alguna afectación de su salud mental, causando 12 millones de días de trabajo perdidos, lo que causa una perdida de un billón de dólares al año. Creo que vale la pena prestar atención entonces.
El trabajo aporta mucho más que un salario: según la OMS, ofrece propósito, estructura, redes sociales y oportunidades de desarrollo que favorecen la salud mental y la inclusión. Para personas con dificultades emocionales, disponer de un empleo decente puede ser un factor clave de recuperación: mejora la confianza, el funcionamiento y la participación social. Esta relación es ambas direcciones: la salud mental influye de forma decisiva en la productividad y en la calidad del trabajo, por lo que convertirla en prioridad organizacional es tanto un imperativo humano como una excelente inversión.
¿Por qué las afecciones a la salud mental afectan tanto en el ámbito laboral? Porque estas afectan las capacidades de pensar, sentir y actuar esenciales para el desempeño de los colaboradores. La ansiedad y la depresión pueden reducir la atención, la memoria y la velocidad de procesamiento; la fatiga emocional disminuye la iniciativa y la creatividad; y la desregulación de las emociones afecta la toma de decisiones y la resolución de problemas. Cuando una persona no se siente bien es probable que se ausente, o que acuda al puesto, pero con rendimiento reducido, lo que a la postre provoca más errores, menor innovación y mayor rotación en los puestos de trabajo. Conocer estos mecanismos es vital para diseñar respuestas que apoyen a las personas y protejan a la organización.
Detectar quiénes necesitan ayuda es el primer paso. Entre las señales figuran la preocupación constante, lo síntomas somáticos (dolores de cabeza, enfermedades continuas), tristeza persistente, cambios emocionales abruptos, alteraciones del sueño, fluctuaciones de peso o apetito, retraimiento social, consumo de sustancias, sentimientos intensos de culpa o inutilidad, y cambios continuos en comportamiento o pensamiento. No todo malestar quiere decir que existe un trastorno clínico: la diferencia clave está en la intensidad, la duración y el impacto funcional. Un “mal momento” suele resolverse en días o semanas y no impide cumplir con las responsabilidades; un trastorno implica síntomas persistentes que limitan el trabajo, las relaciones y el autocuidado, y requieren evaluación profesional.
Ante este panorama, las empresas deben implementar intervenciones integrales y sostenidas, como programas de bienestar y apoyo y referir a profesionales de la salud mental, pausas activas, flexibilidad laboral que facilita la conciliación y reduce el estrés por conflicto trabajo‑vida.
Reducir el estigma es imprescindible para que las medidas lleguen a quienes las necesitan. Campañas de sensibilización, liderazgo que modele la búsqueda de ayuda, y formación en inteligencia emocional favorecen un clima de respeto y confianza. Las políticas deben proteger la confidencialidad y garantizar procesos no punitivos para quienes soliciten apoyo.
Apoyar a colaboradores con afectaciones a la salud mental exige políticas claras, acceso real a servicios profesionales, acompañamiento práctico y seguimiento continuo. No se trata de resolver clínicamente desde la empresa, sino de crear rutas seguras para la detección, la derivación y la recuperación, con respeto, confidencialidad y responsabilidad.
La salud mental es un poder invisible que sostiene la capacidad productiva y la resiliencia organizacional. Integrada como estrategia, permite recuperar el equilibrio interno de las personas y producir un impacto externo tangible: mayor creatividad, mejor decisión, equipos más colaborativos y una empresa más sostenible. Invertir en la salud mental de las personas no es un gasto: es construir la base humana sobre la que descansa cualquier resultado sostenible.
¿Por qué los hechos no cambian las creencias?
El procesamiento selectivo, o sesgo de confirmación, hace que las personas busquen, recuerden e interpreten la información que confirma sus ideas previas y descarten la información contradictoria. Este filtro cognitivo dirige la atención y la memoria según expectativas existentes; por ejemplo, alguien que cree en una terapia alternativa recordará testimonios favorables y minimizará estudios científicos que la contradigan. Para contrarrestarlo conviene presentar evidencia equilibrada y contextualizada, usar fuentes que la persona ya considere confiables e invitar a explorar la información de forma conjunta en lugar de imponerla.
Las creencias cumplen una función emocional: regulan seguridad, esperanza o sentido. Un hecho que las contradiga puede provocar angustia porque pone en riesgo esa función adaptativa. Por ejemplo, la creencia de que “el mundo es justo” reduce la ansiedad; mostrar datos sobre injusticia sistémica puede generar desasosiego. Antes de presentar hechos, es útil validar la dimensión emocional de la creencia y ofrecer alternativas que preserven cierta seguridad emocional, como acciones concretas o pasos posibles para abordar la nueva información.
La identidad y la pertenencia social también sostienen las creencias. Para muchas personas, cambiar de opinión implica perder estatus o conexión con su grupo, lo que genera resistencia aún frente a evidencia sólida. En estos casos, es más efectivo introducir el cambio a través de referentes creíbles dentro del propio grupo, fomentar diálogos en entornos seguros y demostrar que actualizar una opinión no obliga a renegociar por completo la identidad personal o comunitaria.
La disonancia cognitiva aparece cuando la nueva información contradice una creencia central; para reducir el malestar, la persona a menudo reinterpreta los hechos en lugar de cambiar la creencia. Por ejemplo, alguien que descubre que su marca favorita contamina puede minimizar el problema o buscar justificaciones para seguir consumiéndola. Abordar la disonancia requiere facilitar un proceso gradual de reflexión mediante preguntas socráticas, ayudar a reconectar valores y conducta, y proponer pasos pequeños y concretos que permitan integrar la nueva información sin desborde emocional.
La fuente y la confianza son determinantes: la credibilidad del mensajero influye más que el contenido. Un dato presentado por alguien percibido como hostil al interlocutor suele ser rechazado; en cambio, la misma información comunicada por una figura respetada o cercana tiene mayor impacto. Por ello, resulta prudente presentar evidencias a través de voces aceptadas por la persona, usar testimonios neutrales o pares, y construir puentes de confianza antes de exponer datos contradictorios.
La complejidad y la ambigüedad de la evidencia dificultan la integración. Los hechos complejos, con matices y probabilidades, exigen procesamiento cognitivo y pueden resultar menos persuasivos que explicaciones simples y coherentes. Convertir la evidencia en narrativas claras, emplear metáforas o visualizaciones y desglosar la información en pasos comprensibles facilita la asimilación y reduce la resistencia.
Finalmente, la habitualidad y la exposición repetida refuerzan creencias: la repetición es poderosa. Una persona expuesta de forma constante a mensajes que confirman una creencia tenderá a mantenerla pese a un hecho aislado que la contradiga. Cambiar creencias eficazmente suele requerir comunicaciones sostenidas, consistentes y multi‑canal, que desplieguen la evidencia en distintos formatos y contextos.
En términos prácticos, las estrategias más efectivas para promover la reconsideración de creencias combinan empatía y relación, narrativas y experiencias personales, puentes cognitivos que inviten a la reflexión, modelado social con referentes respetados, experimentos personales que permitan verificar hechos por sí mismos, y repetición en el tiempo. Además, fomentar habilidades de pensamiento crítico y alfabetización mediática ayuda a reducir la influencia de sesgos. El cambio suele ser gradual: respetar el ritmo, acompañar y dialogar con curiosidad suele ser más fructífero que confrontar con datos en frío.
5 pasos para sostener una conversación difícil con alguien que mantiene una creencia resistente. Está pensado para ser aplicable en entornos personales, laborales o comunitarios.
Preparar el terreno (conectar y reducir amenaza)
Objetivo: crear un contexto seguro antes de introducir la discrepancia.
Qué hacer: elige momento y lugar adecuados; establece propósito claro (“Me gustaría entender cómo ves esto y compartir algo que me preocupa”); muestra respeto y curiosidad genuina.
Ejemplo frase: “¿Tienes unos minutos para conversar? Me interesa escuchar tu punto de vista y compartir lo que pienso.”
Escuchar activamente y validar (priorizar relación sobre corrección)
Objetivo: reducir defensas y mostrar que comprendes la función emocional de la creencia.
Qué hacer: preguntar para entender (“¿Qué te hace pensar eso?”), parafrasear lo escuchado, validar emociones (“entiendo que eso te preocupe/te dé seguridad”). Evita interrumpir o corregir en este momento.
Ejemplo frase: “Parece que esto te genera mucha preocupación; gracias por contármelo.”
Explorar la evidencia desde su mundo (puentes y preguntas socráticas)
Objetivo: abrir la mente del otro sin confrontar directamente la identidad o el grupo.
Qué hacer: usar preguntas abiertas que fomenten la reflexión (“¿Qué fuentes te han llevado a esa conclusión?”; “¿Qué pasaría si apareciera una evidencia diferente?”). Introducir información nueva con humildad y en pequeñas dosis, preferiblemente desde fuentes que el interlocutor respete.
Ejemplo frase: “¿Te importaría que te mostrara un estudio/ejemplo que vi y me hizo pensar distinto? ¿Qué opinas?”
Ofrecer alternativas y experiencias (reducir la amenaza emocional)
Objetivo: presentar marcos alternativos que mantengan la función emocional (seguridad, pertenencia) pero permitan integrar la nueva información.
Qué hacer: proponer interpretaciones que no descalifiquen la identidad (“Puede ser que… y al mismo tiempo…”), compartir testimonios o pequeñas pruebas (experimentos) que la persona pueda verificar por sí misma. Plantear pasos pequeños en lugar de un cambio radical.
Ejemplo frase: “Quizá podrías probar esto una semana y ver si notas la diferencia; no es un abandono de tus valores, solo una comprobación.”
Cerrar con compromiso y seguimiento (sembrar continuidad)
Objetivo: mantener relación y abrir puerta al cambio gradual.
Qué hacer: resumir los acuerdos, pactar un pequeño experimento o recurso a revisar, y acordar un momento para retomar la conversación. Agradecer la apertura y validar el esfuerzo.
Ejemplo frase: “Gracias por hablar conmigo. ¿Te parece si revisamos esto en una semana y vemos qué pensaste del artículo/experimento? Si te parece bien, puedo mandarte el enlace y lo vemos juntos.”
¿Un mal momento o un trastorno de salud mental?
Cuántas veces hemos observado conductas en otras personas que nos causan curiosidad y pensamos ¿qué les pasa? Detectar afectaciones a la salud mental requiere distinguir entre reacciones humanas esperadas y condiciones que ameritan ir a ver a un profesional. Un “mal momento” —la tristeza por perder un empleo, el estrés ante un examen, una discusión con un amigo— suele ser una respuesta temporal que no impide nuestro funcionamiento en el día a día y que mejora con apoyo de familiares o amigos y de aprender a solucionarlo o manejarlo. En cambio, un trastorno de salud mental implica un patrón persistente de síntomas que altera lo que pesamos, cómo nos sentimos, nuestra conducta en áreas como las relaciones, la escuela o el trabajo.
Las afecciones emocionales se manifiestan en distintos planos. En el ámbito emocional aparecen tristeza sostenida, desesperanza, culpa excesiva o cambios bruscos del estado de ánimo. En lo cognitivo, aparecen problemas de concentración, pensamientos confusos y repetitivos o preocupaciones constantes. A nivel conductual, pueden observarse distanciamiento de amigos y familia, abandono de actividades, disminución del rendimiento, conductas impulsivas o abuso de sustancias. Finalmente, la expresión fisiológica incluye insomnio, sueño excesivo, fatiga persistente, dolores inexplicables o alteraciones del apetito. Los cuadros más severos pueden sumar salirse de la realidad, alucinaciones o ideación suicida. La diferencia práctica entre un mal momento y un trastorno de salud mental se sostiene en cuatro dimensiones: síntomas, duración, intensidad e impacto en la vida diaria.
Los síntomas son cambios en las personas que muchas veces nos llaman la atención y nos indican la posible presencia de un malestar o enfermedad. Para saber si existe un trastorno de salud mental, deben presentarse un número mínimo de síntomas. Por ejemplo, trastorno depresivo mayor debe presentar al menos 5 de 9 síntomas durante al menos 2 semanas y estos afectar la capacidad de funcionar. Para diagnosticar el trastorno de ansiedad generalizada se deben presentar 3 (en adultos) de 6 síntomas principales (en niños suelen requerirse 1), durante al menos 6 meses, con afectaciones a su funcionamiento.
La duración de los síntomas es un criterio clave. Las reacciones comunes que nos ayudan a lidiar con experiencias difíciles suelen resolverse en días o pocas semanas; si los síntomas persisten más de dos a cuatro semanas sin mejoría, aumenta la probabilidad de que se trate de algo más que una reacción a un mal momento. Esta regla no es absoluta, pero resulta útil para decidir cuándo solicitar una evaluación profesional. Preguntar “¿Cuánto tiempo llevas sintiéndote así?” orienta sobre la evolución de la situación.
La intensidad determina la prioridad de intervención. Síntomas leves pueden manejarse con apoyo y estrategias de autocuidado; síntomas de intensidad moderada a grave —por ejemplo, ataques de pánico recurrentes, incapacidad para concentrarse o pensamientos de muerte— demandan atención especializada y medidas de seguridad inmediatas si existe riesgo. Preguntas abiertas como, “Descríbeme qué sientes”, ayudan a entender la gravedad y a decidir si la respuesta debe ser de apoyo, terapéutica o de emergencia.
El impacto en la capacidad de funcional es quizás el indicador más práctico. Si una persona deja de cumplir sus responsabilidades, no puede mantener higiene o alimentación adecuadas, pierde interés por actividades significativas o su rendimiento escolar o laboral decae, es momento de considerar buscar ayuda profesional. Preguntas concretas —“¿Cómo es tu día a día? ¿Puedes estudiar, trabajar y descansar como antes?”— facilita la evaluación del deterioro funcional.
Si pensamos que hay afectaciones emocionales debemos responder con empatía. Escuchar activamente para entender, validar el malestar y evitar comentarios que minimizan la experiencia (“pon de tu parte”), generan confianza y aumentan la probabilidad de que la persona acceda a buscar ayuda.
Recuerda, si notas algo en un ser querido o compañero de trabajo que te llama la atención, evita criticar y acércate para que puedas entender si necesita de tu apoyo. Puede que este pasando por un mal momento o quizá tenga una afectación emocional que requiera de ayuda profesional. La detección temprana y la intervención oportuna reducen la probabilidad de que se convierta en algo crónico, alivian el sufrimiento, mejoran la capacidad para funcionar y hasta puede salvar vidas. Tú puedes ser la diferencia.
Mucho más que solo palabras
Venimos a este mundo con una capacidad limitada para comunicarnos: entre llantos, sonrisas y movimientos damos a conocer nuestras necesidades. Poco a poco, si nuestros cuidadores están sintonizados, nos enseñan quiénes somos, qué nos pasa y qué necesitamos. En ese intercambio aprendemos el lenguaje verbal y, a través de él, nos reconocemos y entendemos a los demás.
Hablar va más allá de transmitir información: Nos ayuda a comprendernos, a ser comprendidos, a regularnos y a conectarnos. Con el tiempo y por ciertas experiencias, muchos dejamos de valorar lo profundamente transformador que puede ser el simple acto de hablar.
En la vida cotidiana cargamos con muchas cosas en silencio: Sentimientos que no sabemos cómo expresar, pensamientos que dan vueltas, preocupaciones u opiniones que ocultamos para no molestar o evitar conflicto. Pero lo que no se dice se acumula y puede hacer daño. Hablar no solo alivia: Ordena, transforma y libera.
Uno de los primeros beneficios de hablar es entender lo que nos sucede, sea desde el pensamiento o desde la sensación. Con frecuencia alguien comenta: “Ahora que lo digo en voz alta, se siente totalmente diferente”. Ponerlo en palabras obliga a ordenar la confusión, aclara percepciones y arroja luz sobre la realidad cuando somos honestos con nosotros mismos. Es como si, al expresarlo, pudiéramos verlo desde fuera y reflexionar. La neurociencia señala que cuando nombramos y pensamos sobre lo vivido, nuestro sistema nervioso se calma y somos más capaces de decidir con claridad, porque recuperamos control sobre nuestras emociones. Otro gran beneficio de hablar.
Todos necesitamos sentirnos escuchados, validados y acompañados. Hablar permite conectar con otros. Cuando quienes nos escuchan lo hacen sin juzgar, sin interrumpir y sin tratar de arreglarnos, la experiencia puede ser profundamente sanadora.
Además, hablar facilita la solución de problemas. Lo que a veces creemos no solucionable suele necesitar otra perspectiva, y esa perspectiva aparece cuando sacamos lo que ronda la cabeza y lo transformamos en palabras. Ver la situación desde otro ángulo abre opciones y moviliza recursos que antes no habíamos considerado.
Con todos estos beneficios, ¿por qué preferimos callar? Porque hablar no es solo una acción comunicativa: es un proceso emocional, mental y relacional complejo. Hablar nos enfrenta a la vulnerabilidad y nos expone a la posibilidad de ser juzgados, rechazados o incomprendidos, situaciones que pueden causar dolor. Las experiencias tempranas moldean nuestra capacidad para expresarnos: Si de pequeños fuimos escuchados y contenidos, es más probable que de adultos tengamos seguridad para exponernos. Muchas personas nunca aprendieron a expresarse, y otras tuvieron vivencias que las hicieron callar. Cuando esto ocurre, el silencio no solo nos afecta emocionalmente, sino también físicamente. El cuerpo suele “hablar” lo que callamos: Tensión crónica, ansiedad, insomnio, dolores recurrentes y fatiga emocional son manifestaciones habituales de cargas no expresadas.
Si hablar te cuesta, comienza por reconocer la dificultad sin juzgarte: Admitirlo es el primer paso y la autocompasión reduce la ansiedad. Prueba alternativas a la conversación directa, como escribir un mensaje, enviar un audio o dejar una nota. Muchas personas expresan con más facilidad por escrito. Prepara lo esencial anotando 2–3 puntos clave —qué ocurre, cómo te sientes y qué necesitas— para disminuir el bloqueo. Ensayar en voz baja o con alguien de confianza ayuda a ganar seguridad; elige un momento y un lugar tranquilos, sin prisas ni distracciones.
Empieza con frases sencillas y abiertas —“Quisiera contarte algo que me está afectando ”, “¿Podemos hablar cinco minutos?”— y, si hablas con niños o adolescentes, usa preguntas guía como “¿Qué fue lo mejor/peor de tu día?” para facilitar su expresión. Si la palabra falla, observa señales no verbales: cambios en sueño, apetito, interés o rendimiento pueden orientar la intervención. Si la dificultad para hablar viene acompañada de aislamiento, angustia intensa, cambios persistentes o riesgo, busca ayuda profesional.
Finalmente, crea rituales de comunicación regulares —una cena sin pantallas, un paseo o un “chequeo emocional” semanal de cinco minutos— y modela la expresión emocional. Decir en voz alta tus emociones, de forma adecuada, enseña a los hijos que está bien pedir apoyo. Hablar es una habilidad que se cultiva; al practicarla transformamos silencios que dañan en puentes que sanan.
¿Cómo afecta la cuarentena al riesgo de suicidio y cómo podemos ayudar?
En lo que de otro modo se llamarían circunstancias "normales", las personas que tienen pensamientos suicidas o riesgo de suicidio tienen mucho en mente, ya sea producto de situaciones reales o percibidas. Esta pandemia global ha agregado una dimensión completamente nueva, acumulando una serie de otros pensamientos y consideraciones, esta vez compartida con el resto de la población. El efecto combinado de los cuales hace que una situación ya difícil sea aún más difícil de manejar y aumenta significativamente el riesgo para estas personas.
En lo que de otro modo se llamarían circunstancias "normales", las personas que tienen pensamientos suicidas o riesgo de suicidio tienen mucho en mente, ya sea producto de situaciones reales o percibidas. Esta pandemia global ha agregado una dimensión completamente nueva, acumulando una serie de otros pensamientos y consideraciones, esta vez compartida con el resto de la población. El efecto combinado de los cuales hace que una situación ya difícil sea aún más difícil de manejar y aumenta significativamente el riesgo para estas personas.
Algunos de los riesgos de la conducta suicida son sentirse solo, que no pertenece, ser una carga para otros, la presencia de alguna enfermedad de salud mental o física, lo que produce sufrimiento emocional y niveles elevados de estrés y ansiedad.
Por su parte, algunos de los principales impactos de la cuarentena afectan directamente a estos factores de riesgo, como por ejemplo, el aislamiento, el aumento de la ansiedad, la preocupación por la seguridad económica y el poco o ningún acceso a tratamiento o medicamentos, entre otros.
Al estar en cuarentena estamos literalmente aislados y las personas en riesgo suicida lo están emocionalmente también. Muchos sienten que son una carga para familiares y amigos y que no pertenecen, por ende, están solos. El que literalmente estemos separados puede incrementar esta experiencia o servir de prueba que todo lo que habían pensado era verdadero. Unido a esto pueden tener creencias que no se debe que no se debe compartir lo que se siente o piensa. Ya sea porque temen ser rechazados por quienes los escuchen o porque han aprendido que de las emociones no se habla. Por último, el sentimiento de no pertenencia les hace creer que a nadie le importa lo que ellos están atravesando. Todo esto aumenta el riesgo, porque hace que la persona se aparte más emocionalmente.
Las enfermedades de la salud mental son un riesgo para la conducta suicida, así como las enfermedades físicas crónicas, porque hacen que la persona experimente incomodidad y sufrimiento por periodos prologados, lo que a su vez causa cansancio y desesperanza. Si a eso le unimos la vergüenza que produce ser diagnosticado debido al estigma y los prejuicios que tiene la sociedad frente a las enfermedades de la salud mental, podremos entender que las personas se sientan muy abrumadas con esta experiencia. En estos momentos las cosas se complican aun más porque muchos centros de salud y policlínicas han cerrado, lo que disminuye el acceso a tratamientos y dificulta la obtención de medicamentos. Debemos sumar a esto, que debido al alto contagio del coronavirus, se hace difícil referir a los pacientes de riesgo alto agudo a las salas de urgencia.
Otro gran impacto, es el alto nivel de estrés y ansiedad que se experimenta en estos momentos de incertidumbre y riesgo de contagio. A una persona que ya estaba agobiada y cansada por todo lo que venía experimentando, se le suma el estrés y la ansiedad del momento en el que vivimos y se puede llegar a sentir devastada y aumentar la desesperanza.
No todo es malo y tenemos muchas maneras para poder apoyar.
Manténgase en contacto: Algo positivo del momento en el que estamos es que tenemos muchas maneras de mantenernos en contacto con nuestros seres queridos. Una llamada, video llamada o hasta un chat que mande un mensaje de estas en mi mente, te quiero y me importas, puede cambiar como se siente una persona en riesgo.
Abra el espacio para conversar sobre las emociones: Todos estamos sintiendo una gran gama de emociones, esta es una buena oportunidad para dejar saber que está bien hablar de ellas, sentirlas y que podemos manejarlas.
Sea empático: Cada persona vive la experiencia de manera diferente, no lo critique, trate de entender desde el punto de vista del otro y si nota que la otra persona está muy negativa o en riesgo, ayúdele a ver otras opciones creando curiosidad. Por ejemplo, ¿habrán otras opciones que ahora no estas pudiendo ver?
Ayude a la persona a conectarse: Muchas de las personas en riesgo tienen de aislarse porque se sienten muy abrumadas o porque piensan que a nadie les importa. Si nota que la persona está muy abrumada, no le insista que hable, solo el acompañarla es suficiente. Este disponible para cuando sea el momento correcto para ella.
Sea compasivo: No todos tenemos los mismos privilegios. Una manera de apoyar es donando medicamentos a quienes no los puedan pagar. Ofrecer terapias a bajo costo o solo el hecho de abrir un espacio de escucha activa. También se puede ayudar con comida o hacer mandados que a la persona les pueda causar ansiedad.
Promueva el pensamiento positivo: Después de haber escuchado la experiencia de la otra persona, ayúdela a ver qué cosas positivas tiene en su vida.
Ayúdelo a conectar con su espiritualidad: Para muchas personas la fe es un factor protector importante. Por esta razón las comunidades religiosas han mantenido sus rezos de manera virtual, para brindar este apoyo espiritual a sus congregantes.
Con toda la incertidumbre, las preocupaciones y el aislamiento, unido a una historia de sufrimiento emocional, el riego de suicido puede aumentar, si usted teme que su ser querido se encuentra en riesgo:
Pregunte: Está comprobado que preguntar no aumenta el riesgo, si no que lo disminuye abriendo el espacio para conversar, desahogarse, encontrar otras opciones y a quienes escuchan les permite poder saber lo que ocurre y ayudar.
¿Estás pensando en suicidio?
¿Qué sientes/qué piensas?
Escuche: Necesitamos escuchar TODO lo que la persona esta pensando y sentido, para poder entender y luego ayudar a buscar otras opciones. Trate de entender qué la hace sufrir emocionalmente y también qué la une a la vida.
Manténgala segura: La mejor manera de mantener a una persona segura es acompañándola y apoyando en los momentos de crisis. Otra importante es quitando todo método letal. Ambas juntas permiten poner tiempo y distancia frente al deseo de morir. Sabemos que las crisis de riesgo suicida son temporales por lo que esto puede hacer toda la diferencia.
Hagan un plan de seguridad: Cuando las personas estamos alteradas, la capacidad de reflexión disminuye, por esta razón el hacer un plan de seguridad en momentos de calma suele ayudar a la persona en momentos de crisis. Los planes de seguridad incluyen: cuales son las cosas o situaciones me activan el deseo de morir, qué estrategias me han ayudado o me pueden ayudar a sentirme mejor, qué me ayuda a distraerme de lo que estoy pensando en este momento, a quienes puedo llamar para que me apoyen, qué me hace sentir más segura, qué razones tengo para vivir.
Mantenga la conexión: El sentirse conectada con alguien y parte de algo, ayuda a la persona a sentirse más esperanzada y con menos sufrimiento psicológico.
Es cierto que estamos viviendo momentos difíciles y que todos estamos siendo impactados por la experiencia, pero también es cierto que si nos unimos y apoyamos, tendremos mayores posibilidades de salir fortalecidos.
Los niños, su salud mental y el Coronavirus
En estos momentos de incertidumbre y ansiedad los niños nos presentan un reto diferente. ¿Cómo hablar con ellos de lo que está pasando? ¿Qué decirles? Los niños se apoyan en sus padres para saber si todo está bien, lo primero que debemos tener en mente es mantener la calma, para poder darles calma a ellos.
En estos momentos de incertidumbre y ansiedad los niños nos presentan un reto diferente. ¿Cómo hablar con ellos de lo que está pasando? ¿Qué decirles? Los niños se apoyan en sus padres para saber si todo está bien, lo primero que debemos tener en mente es mantener la calma, para poder darles calma a ellos.
En cuanto a la información que les debes dar, estas son las recomendaciones:
Lávense los manos juntos y enséñele cómo se hace. Este preparado para que a veces se resistan, ya que esta no es una activad divertida para ellos. Hágalo un juego, más que una charla educativa.
Los niños dependiendo de su edad, así mismo es su capacidad para entender. La explicación que le va a dar sobre lo situación actual debe ser apropiada para su edad.
Protéjalos de información que no pueden manejar. No deben estar presentes cuando usted vea las noticias o hable con otro adulto sobre el tema.
Tómese el tiempo para hablar con ellos hasta que los sienta más tranquilos. Los niños muchas veces no saben qué les está pasando y necesitan de un adulto para regular sus emociones.
Igual que con la lavada de las manos, utilice juegos e historias para contestar sus preguntas. Los niños entienden más cuando se pueden relacionar con la información.
Responda a las preguntas que ellos le hacen de manera sencilla y directa. No haga grandes cuentos, ni dé detalles de la situación que quizá en ese momento no están en la mente de sus hijos. Por ejemplo: ¿Por qué estamos en casa? Porque queremos estar saludables. Si esa respuesta satisface la curiosidad, dejamos la información ahí. Si hace otra pregunta, la respondemos de manera sencilla y directa de nuevo.
Hagan actividades divertidas en casa y tengan una rutina, esto les permite sentirse seguros y entretenidos.
No hacer chistes sobre los que esta sucediendo, los niños no entienden el doble sentido y se pueden confundir si esto es serio o no.
Los padres son el centro y apoyo de sus hijos, en estos momentos su presencia y contención es primordial. Sabemos que los adultos seguimos teniendo responsabilidades a pesar de estar en la casa, pero es importante tomarse un tiempo para apoyar a nuestros hijos cuando ellos lo piden. La mayoría de las veces no lo hacen de manera directa: “Mamá te necesito,” más bien lo hacen de manera indirecta: “Papá ven a jugar.” Dele atención en ese momento y ellos se sentirán acompañados y protegidos.
El Suicidio: Factores de Riesgo y Métodos de Prevención
Hoy 10 de septiembre se inicia la semana de prevención de suicidio, desafortunadamente el suicidio sigue siendo una de las tres principales causas de muerte entre los jóvenes de 15 a 24 años. Aprovecho esta fecha para compartir con ustedes una información acerca del tema.
Hoy 10 de septiembre se inicia la semana de prevención de suicidio, desafortunadamente el suicidio sigue siendo una de las tres principales causas de muerte entre los jóvenes de 15 a 24 años. Aprovecho esta fecha para compartir con ustedes una información acerca del tema.
El suicidio es un problema de salud pública muy importante. Cada año en Panamá, mueren más de 50 personas por suicidio y tres veces más lo intentan. Por lo tanto la prevención debe ser una meta importante, la cual será alcanzada al tener un mejor entendimiento de los factores de riesgo y de cómo y cuándo operan.
Modelo de Prevención del suicidio:
Los expertos proponen que para que se de un suicidio debe existir una situación subyacente, como por ejemplo un desorden afectivo, abuso de sustancias o rasgos agresivos. Además que el suicidio está presidido por un evento estresante que es usualmente el resultado de la condición subyacente. Muchas veces se dice que una persona se suicidó porque lo dejó la novia o fracasó en la escuela. Esto es solo un precipitante, lo que lo pudo haber causado son cosas como las siguientes:
1. Trastornos Psiquiátricos:
90% de las personas que se suicidan tienen un diagnostico.
La sola presencia de una enfermedad no aumenta el peligro. Este aumenta si se combina con una situación estresante y más aun si es prolongada.
Los trastornos psiquiátricos más comunes en los casos de suicidios son:
Fobia Social.
Pánico.
Ansiedad Generalizada.
Depresión.
Obsesivo Compulsivo.
Abuso de Alcohol, Marihuana y otras sustancias.
Cuando una persona sufre de un trastorno psiquiátrico por largo tiempo esto hace que pierda las esperanzas y desee acabar con la situación.
2. Conductas Suicidas Previas:
El mejor indicador de peligro de un suicidio es si ha habido un intento anterior.
40% de las personas vuelve a intentarlo, 10% de ellas mueren.
Se dice que la primera vez que uno hace algo es mucho más difícil.
3. Capacidades Cognoscitivas y de Manejo:
Cuando la persona se siente capaz de hacer cosas o de cambiar las cosas, se elimina la unión entre la desesperanza y el suicidio.
Tener auto eficacia y la habilidad de manejar las situaciones ayudan a aplacar la desesperanza.
Deficiencia en la capacidad de resolver problemas en las relaciones interpersonales y buscar apoyo ponen a las personas en peligro.
4. Otros Factores Psicológicos:
a. Abuso de alcohol y drogas:
Cuando una persona está bajo la influencia de alcohol o drogas pierde toda perspectiva de la realidad y se inhiben sus valores molares y éticos.
b. Eventos Estresantes:
Problemas familiares, en la escuela, la comunidad o con la ley.
c. Medios de Comunicación:
Se ha demostrado que cuando los medios de comunicación publican sobre otros suicidios o se presentan películas del tema, los suicidios aumentan. Lo que se recomienda es publicar temas educativos como el presente y no como alguien lo realizó.
d. Historia Familiar de Suicidios:
Conocer a alguien que se suicidó es también un factor de riesgo.
Precipitantes de la conducta suicida:
Si una persona tiene una condición psicológico y además se presentan situaciones difíciles de manejas en la vida, esto hace que esa persona este en mayor riesgo de cometer un suicidio. El solo hecho que se de un precipitante no hace que la persona este en peligro, así como el solo hecho de que tenga un diagnostico
Situaciones que causan humillación y vergüenza.
Conflictos sexuales en la orientación.
Problemas en las relaciones interpersonales.
Problemas en la escuela, el trabajo o con la ley.
Abuso físico, sexual o psicológico.
Prevención:
Ayudar a desarrollar:
El auto cuidado y el valor de la vida.
La capacidad de auto consolación.
La auto eficacia o capacidad para hacer cosas.
La capacidad para soportar frustraciones y emociones dolorosas.
La auto estima.
Control de Armas.
Lineamientos para los medios de comunicación.
Líneas de ayuda.
Evaluación y detención de los individuos con factores de riesgo y proveerlos de tratamiento sin importar el grado de potencialidad del suicidio.
Sabía Usted:
Que en Panamá no existen leyes que regulen las acciones a tomar en casos de riesgo suicida.
Que en Panamá no existe un Programa de Prevención de Suicidios organizado y con bases científicas.
Que los suicidios en adolescentes han aumentado en un 300% desde el año 1996 hasta el presente
Que se realizó un estudio piloto y que el 25% de los adolescente evaluados resultaron positivos con posibles riesgos suicidas.
Que el 11.6% presentaron ideas suicidas.
Que el 5.2% ya lo intentaron.
Que no se encontraron diferencias en los adolescentes de escuelas privadas y publicas.
Que luego de terminar el tratamiento psicológico ofrecido, el 73% mostró disminución en los riesgos.
En Panamá necesitamos educar más a la población para que puedan reconocer los riesgos y para evitar los prejuicios que evitan que las personas busquen ayuda. Está demostrado que la mejor manera de prevención es conocer quienes están en riesgo y brindarle tratamiento.
¿Es el suicidio prevenible en la población adolescente panameña?
Hablar de suicidio ya nos es un tabú en Panamá. Cada vez la sociedad, las escuelas y los grupos religiosos están mas abiertos a abrir espacios para conversar de este tema y poder llamar por su nombre al acto de provocarse la muerte: el suicidio.
Vali Maduro de Gateño, Ph.D. y Mgtr. María Eugenia Despaigne de Martin
Hablar de suicidio ya nos es un tabú en Panamá. Cada vez la sociedad, las escuelas y los grupos religiosos están mas abiertos a abrir espacios para conversar de este tema y poder llamar por su nombre al acto de provocarse la muerte: el suicidio.
La Fundación Relaciones Sanas, institución dedicada a fomentar la salud emocional de todos los panameños, creada en el 2002, tiene como una de sus tantas misiones, educar sobre y prevenir la conducta suicida en la población adolescente panameña.
Debido a la gran necesidad que existe en la actualidad de educar a las personas sobre la salud mental, la Fundación lanzó en el año 2017 el Programa SanaMente, cuya misión es la educación, concientización y prevención de temas de salud mental. Una de las secciones de este programa es la Prevención del Suicidio, el cual consta de charlas educativas y evaluaciones masivas. Este es un programa de diagnóstico temprano para adolescentes en distintas situaciones de riesgo, tales como la depresión, la adicción, la ansiedad y la prevención del suicidio. Estas situaciones de riesgo pueden llevar a no sólo un pobre desempeño académico, dificultades en las relaciones y en el manejo de las emociones, sino que pueden poner en riesgo la vida de los jóvenes.
¿CÓMO NACEN LAS EVALUACIONES DE SANAMENTE?
La Fundación Relaciones Sanas inicia una búsqueda de programas de prevención y encuentra el programa Teenscreen de la Universidad de Columbia, en Estados Unidos, el cual, fue diseñado para combatir las enfermedades mentales no tratadas y el suicidio en adolescentes. Este programa fue desarrollado en 1991 en respuesta a investigaciones que revelaban que un 90% de los adolescentes suicidas sufren de alguna enfermedad mental diagnosticable a la hora de su muerte, y que intervenciones tempranas pueden salvar sus vidas.
En Panamá, el programa se inició en el año 2003 y funcionó por 10 años. En aquel entonces, se realizó un estudio piloto para la implementación del Programa Teenscreen en nuestro país. El estudio de Panamá arrojó que un 25% de los adolescentes evaluados se encontraban en riesgo, y que un 73% de aquellos adolescentes que asistieron a tratamiento psicológico, disminuyeron significativamente el riesgo de suicidio. Los resultados del estudio comprobaron que se puede identificar a los adolescentes que tienen algún grado de riesgo, que van desde síntomas no específicos que indiquen la posibilidad de que se desarrolle una enfermedad en el futuro, al tener un diagnostico específico, o presentar ideación o intento suicida. También se comprobó que los adolescentes que presentan riesgo y reciben tratamiento pueden disminuir el riesgo y hasta superarlo.
Con la creación del Programa SanaMente, se retoma la educación en temas de prevención del suicidio y se toma la decisión de activar el programa de evaluaciones para octubre del 2018, gracias a los fondos recaudados en las charlas educativas y foros organizados por la Fundación y en especial a las donaciones que recibimos de los paneles de “Rompamos el Silencio” organizados por la periodista Flor Mizrachi y el empresario Erasmo Abraham; la ayuda de Alfonso Diaz y los panelistas Dr. Miguel Mayo, Ministro de Salud, Dr. Pedro Vargas, Dra. Susana De León, Dra Vali Maduro de Gateño y Dr. Xavier Sáenz Llorens.
El día domingo 21 de octubre, se realizará una evaluación masiva en la Universidad Católica Santa María la Antigua a partir de 9 de la mañana y hasta las 3 de la tarde. La evaluación es totalmente gratuita y va dirigida a jóvenes entre los 9 y 17 años.
Para participar los jóvenes deben venir acompañados de uno de sus padres o acudiente, traer una identificación que compruebe que son los padres o acudientes de los jóvenes y llenar los formularios de consentimiento para participar.
Los fondos recaudados en los paneles Rompamos el Silencio cubrirán el 40% de los costos de los tratamientos de terapia breve y el 60% de los costos serán cubiertos por los profesionales voluntarios de la Fundación Relaciones Sanas, quienes donarán su tiempo para llevar a cabo los tratamientos.
¿CÓMO FUNCIONAN LAS EVALUACIONES DE SANAMENTE?
Se siguen los siguientes pasos:
Consentimiento de los padres: el primer paso es siempre obtener el consentimiento de los padres. Ningún joven puede ser evaluado sin el consentimiento de sus padres.
Consentimiento del participante: se facilita al adolescente una descripción del programa y se le informa sobre sus derechos de confidencialidad. La evaluación es estrictamente voluntarias y pueden rehusar contestar cualquier pregunta.
Evaluaciones: los participantes completan la evaluación e inmediatamente los profesionales voluntarios de la Fundación Relaciones Sanas califican la evaluación para obtener los resultados.
Entrevista: aquellos participantes que cuyos resultados indican la posible presencia de riesgo en la prueba, son inmediatamente entrevistados por un profesional de la salud mental, en el sitio de la prueba, el cual determina si se necesita evaluación adicional y tratamiento psicológico. Los participantes que reciben un puntaje que indica que no hay presencia de riesgo son vistos brevemente por los miembros del programa.
Gestión de casos y notificación a los padres: Los padres de aquellos participantes que necesitan tratamiento son contactados e informados de los resultados de la evaluación. Además, se les ofrece información y asistencia con un profesional de salud mental, voluntario de la Fundación Relaciones Sanas.
Tratamiento: psicólogos clínicos, voluntarios de la Fundación Relaciones Sanas, entrenados en el manejo del riesgo suicida ofrecen psicoterapia breve de 12 sesiones.
Cómo apoyar a hijos de médicos en tiempos de Coronavirus
Una mamá y médica, me comentó que estaba observando que a su hija se le estaba haciendo más difícil separase de ella en estos momentos de coronavirus y me pidió si podía darle algunas recomendaciones de qué hacer para ayudar a su hija a lidiar con esta experiencia.
Una mamá y médica, me comentó que estaba observando que a su hija se le estaba haciendo más difícil separase de ella en estos momentos de coronavirus y me pidió si podía darle algunas recomendaciones de qué hacer para ayudar a su hija a lidiar con esta experiencia. Siempre me gusta apoyarme en las investigaciones cuando voy a escribir o recomendar, en este caso se me hizo difícil porque no hemos vivido esta situación antes. Pensé entonces qué otra situación podría ser parecida a la de un médico que va a trabajar con pacientes infectados de codvid-19 y me vinieron a la mente los padres que son enviados a pelear a la guerra. Por supuesto que existen diferencias, como el estar alejados por largo tiempo, aunque también sé que algunos padres han tomado la decisión de no regresar a casa para no poner en riesgo a sus familias. También hay muchas similitudes como el miedo a perder a la madre, dificultades al momento de la separación y la posibilidad que la ansiedad suba a niveles elevados y afecte la conducta del niño. Esta teoría solo va a poder ser investigada y sustentada al recabar información de familias de médicos, pero creo que esta información puede ayudarlos en este momento.
En este articulo quiero compartir algunos de los efectos que se podrían presentar en los hijos e hijas de médicos y recomendaciones para apoyarlos en estos momentos.
Posibles efectos que se pueden presentar en los hijos de padres médicos que trabajan con pacientes de covid-19.
Mayor preocupación, miedo y tristeza:
Al escuchar que personas con Covid-19 están muriendo o que es altamente contagioso puede que esto los preocupes sobre la seguridad de sus padres. A veces solo responden a el estado emocional de ansiedad que se vive en la casa por las preocupaciones de los adultos
Miedo a separarse de la madre o el padre
Presentar cambios en su conducta y maneras de relacionarse:
Ponerse bravos o llorar más a menudo
Cambios en la alimentación
Aumentar los berrinches
No saben cómo lidiar con la situación
No tienen palabras para expresar lo que sienten
Cambios en la rutina del sueño:
Dormir mucho
Poco
Tener pesadillas
Presentar dificultad para concentrarse, lo que afecta el desempeño escolar
Presentar dolores corporales:
Dolor de estómago o cabeza
Retirarse:
no querer participar de las actividades familiares
Querer estar solos
Jugar a que son ellos los médicos luchando con el coronavirus
Tener dificultad para jugar
Asumir roles de adultos tratando de cuidar al resto de la familia
Tener una mayor necesidad de la presencia de su madre o padre:
Presentarse como más “clingy”, pegado a la madre o padre
Recomendaciones:
Sabemos que en este momento donde las madres y padres médicos están teniendo un alto nivel de estrés y trabajo se hace difícil llevar acabo estas recomendaciones, pero sabemos también la gran ayuda que seria para sus hijos que puedan apoyarlos, ya que las madres y padres son la base segura que hace la diferencia en cómo sus hijos experimentan una situación tan difícil como esta. No aspiren a perfección, solo conexión con la experiencia emocional de sus hijos.
Estar receptivo a las necesidades emocionales de sus hijos
Practicar la autorreflexión: conozca sus emociones y respuestas frente a la conducta de sus hijos para así poder apoyarlos.
Crear una red de apoyo
Pareja que se queda en casa
Abuelos, tíos
Padres de amigos de sus hijos
Establecer una comunicación abierta y honesta
Tomar en cuanta la edad de cada hijo
Solo contestar la pregunta y no dar más información que la que necesite su hijo en ese momento
Hablar de manera concreta: Dónde va, qué hace
Hablar de las medidas de seguridad que toma para estar a salvo de contagio
Abrir espacios para hablar de las emociones
Ayudar a sus hijos a nombrar las emociones que están sintiendo
Crear una rutina flexible
Respetar los tiempos de sus hijos
Escuchar sus dificultades con mantener la rutina
No castigar las conductas, en vez, tratar de entenderlas
Crear espacios de diversión y conversación con sus hijos
Ejercicios, cuentos, juegos de mesa, películas
Dejar que los adultos sigan siendo los responsables de la casa y que los hijos sean cuidados por ellos
Limitar las noticias y la información sobre el tema
Dar mayor tiempo a los momentos de separación
Este momento puede ser el más difícil del día porque se disparan todos los miedos, es muy importante dar tiempo a que su hijo o hija se calme para que pueda separarse mejor
Los padres son la base de la seguridad de sus hijos, su presencia y apoyo son de gran importancia siempre y más en momentos como este. Cómo respondemos a las necesidades de nuestros hijos hará la diferencia de cómo saldrán de esta experiencia. Al contar con sus padres podrán salir fortalecidos.
Quiero aprovechar la oportunidad para agradecer a todo el personal médico que está trabajando por el bienestar de la población mundial y ponerme a la orden para apoyarlos de la manera que necesiten.
¿Es conmigo?
Para cuando sus hijos lleguen a la secundaria, habrán sido evaluados para muchas cosas: problemas auditivos, visuales, de lenguaje, de aprendizaje, pero rara vez los estudiantes son evaluados para reconocer uno de los riesgos más peligrosos que acogen a nuestra juventud: el deseo de quitarse la vida.
Para cuando sus hijos lleguen a la secundaria, habrán sido evaluados para muchas cosas: problemas auditivos, visuales, de lenguaje, de aprendizaje, pero rara vez los estudiantes son evaluados para reconocer uno de los riesgos más peligrosos que acogen a nuestra juventud: el deseo de quitarse la vida.
Si todavía sigue leyendo este artículo lo felicito, y es que la mayoría de las personas no desean saber de este tema, ya sea porque le asusta o porque equivocadamente piensan que no tiene que ver con ellas. La verdad es que el tema tiene que ver con todos, pues las estadísticas nos indican un aumento alarmante en las conductas auto destructivas, que van desde comerse las uñas, fumar, tomar alcohol, manejar a altas velocidades, hasta causarse directamente la muerte.
En Panamá en los últimos 18 años, 1927 personas se han quitado la vida, el triple lo ha intentado y si pensamos que esas personas influyen en la vida de un mínimo de seis personas más, sabremos que por lo menos 40,086 personas han sido afectadas por este problema.
¿Cuántas personas más necesitamos para que hagamos algo al respecto? ¿Qué estamos haciendo para prevenirlo? Hasta el momento no mucho, es por ésto que la Fundación para el desarrollo de las relaciones sanas ha iniciado las acciones necesarias para llevar a cabo un estudio que nos indique los posibles riesgos de nuestros jóvenes, número de posibles casos en riesgo y qué podemos hacer para ayudarlos.
Utilizando el modelo de la Universidad de Columbia de Nueva York, se evaluarán a 500 estudiantes (250 de escuelas públicas y 250 de escuelas privadas) entre las edades de 13 y 18 años. Aquellos cuyos resultados indique la posible presencia de riesgo recibirán 12 sesiones gratuitas de terapia y luego serán reevaluados para observar el nivel de riesgo.
Con este estudio esperamos poder organizar nuestros esfuerzos y crear un programa de prevención que no solo salvará la vida de muchas personas, sino que también los ayudará a llevar vidas más saludables, lo que redundará en su desempeño y en la comunidad en general. Los problemas emocionales no conocen de raza, nivel económico, ni religión, es por ésto que este tema es de importancia para todos.
A continuación presentamos una lista de los posibles riesgos. Si usted o alguien que usted conoce presentan estos riesgos por favor busque ayuda. (a mayor cantidad de riesgos, mayor el peligro)
Cambios notables en intereses y actividades.
Sentimientos de desesperanza e incapacidad para resolver el problema.
Diagnóstico de desordenes mentales: depresión, abuso de droga, desorden alimenticio, ansiedad, etc.
Experiencia de uno o más eventos estresante: perdida de un ser querido, enfermedad, problemas con la ley o la escuela, divorcio de los padres, etc.
Tener un plan detallado de matarse.
Tener acceso a armas u otro método de auto destrucción.
Estar solo y sin apoyo.
Historia de intentos personales o de familiares.
Muerte de un familiar por suicidio.
Uno de los más grandes y peligrosos mitos que existe sobre el suicidio, es que si uno habla de este tema les puede sugerir a otros que lo realicen. La verdad es que hoy en día los adolescentes tienen que lidiar con muchas más presiones que las que tenían sus padres a su edad y las estadísticas indican que uno de cada diez de ellos se siente mal y no lo comunica a nadie. Es por esta razón que la evaluación de los jóvenes se ha convertido en la mejor manera de prevención. Hable con su hijo o hija, brindele un espacio para decirle como se siente y si no puede, ayúdelo a buscar ayuda. Es mejor saber qué le sucede y confrontar el problema por más doloroso que sea, que vivir en la ignorancia. No se convierta en un simple espectador, actúe y no se lamentará por no haber hecho nada al respecto.
La salud mental no es cosa de locos
Amanece un nuevo día y Maria se despierta como siempre, preocupada. Cada mañana lo primero que pasa por su mente es ¿Qué pasará hoy? Cuando era pequeña sufría de dolores de barriga y de cabeza. En la escuela la llamaban “la preocupada” porque siempre tenía algún comentario de algo malo que pudiera pasar. No jugaba con sus amigas, ni iba de paseo. Ahora de adulta, las preocupaciones de María le afectan en su rendimiento laboral y en sus relaciones. Algunos días está tan preocupada que se pasa vomitando y no logra llegar a su trabajo. Ella piensa que es nerviosa y cuando le sugieren ir a ver a un profesional de la salud mental responde, “yo no estoy loca, solo nerviosa”.
Amanece un nuevo día y Maria se despierta como siempre, preocupada. Cada mañana lo primero que pasa por su mente es ¿Qué pasará hoy? Cuando era pequeña sufría de dolores de barriga y de cabeza. En la escuela la llamaban “la preocupada” porque siempre tenía algún comentario de algo malo que pudiera pasar. No jugaba con sus amigas, ni iba de paseo. Ahora de adulta, las preocupaciones de María le afectan en su rendimiento laboral y en sus relaciones. Algunos días está tan preocupada que se pasa vomitando y no logra llegar a su trabajo. Ella piensa que es nerviosa y cuando le sugieren ir a ver a un profesional de la salud mental responde, “yo no estoy loca, solo nerviosa”.
José es un hombre de 48 años que con esfuerzo ha salido adelante y ha tenido éxito en su trabajo. La dificultad que presenta José es que tiene poca paciencia y explota con mucha frecuencia. Sus compañeros de trabajo lo describen como malhumorado y sus hijos como amargado. Con la más pequeña cosa grita, insulta y pierde el control. Cuando le preguntan qué le pasa, contesta, “¡Yo nací así!”
María y José no son casos poco comunes, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 1 de cada 4 personas sufre de alguna enfermedad mental en algún momento de su vida. Hoy en día se estima que 450 millones de personas tienen alguna dificultad de salud mental.
Con esto no queremos decir que todas las personas que se preocupan o tienen mal humor tienen una dificultad de salud mental. Sigmund Freud, el padre del Psicoanálisis, decía que todo es una cuestión de grado, ¿Qué tanto te afecta tu vida diaria y con qué intensidad? Como regla general decía que si afecta de manera significativa nuestra capacidad de jugar, trabajar y relacionarnos deberíamos ir a buscar ayuda profesional.
La enfermedad mental se define como afectaciones a los pensamientos, la conducta y/o las emociones que resulten en la incapacidad de lidiar con la vida diaria, como el aprendizaje, el trabajo y las relaciones interpersonales. Los principales indicadores que una persona presenta síntomas son
Cambios en la conducta: Estos puede incluir volverse más sedentario y solitario o por el contrario más activo de lo que comúnmente es, presentar conducta agresiva o violenta, cambios en la rutina del sueño y la alimentación, entre otros
Cambios en los pensamientos: pensamientos negativos, pensamientos de ser perseguido y/o atacado.
Cambios en las emociones o en la intensidad de las emociones: miedos nuevos o excesivos son un ejemplo.
El tema de la salud mental es complejo. La falta de conocimiento, el estigma y discriminación hacen que la mayoría de las personas que se beneficiarían de la ayuda profesional no la busquen. Según la información recabada por la OMS, la mayoría de los países solo invierten el 1% de su presupuesto anual de salud a la salud mental. Por otro lado, las enfermedades de salud mental afectan el rendimiento de las personas afectando así el desarrollo económico del país.
¿Qué podemos hacer entonces?
Educarnos en los diferentes síntomas de los trastornos de la salud mental y sus tratamientos, y así poder determinar quién necesita apoyo emocional de un amigo o familiar y quién la ayuda de un profesional.
Expresar nuestro interés por entender y ayudar. La educación a su vez nos ayuda a comprender y a aceptar la realidad, así como a reducir los prejuicios y el estigma. Estos cuatros elementos son importantes para la recuperación de quien enfrenta una dificultad de la salud mental. El miedo a ser juzgado y rechazado es uno de los más grandes obstáculos para que las personas busquen ayuda y la comprensión y la apertura a aceptar la realidad de la persona hace que esta sienta paz, apoyo y fortaleza para recuperarse.
Aceptar el tratamiento. Estudios a nivel mundial han demostrado que la psicoterapia reduce la discapacidad, la cantidad de personas que se enferman y el número de personas que mueren por estas enfermedades; mejora el desempeño en el trabajo; y disminuye la incidencia de hospitalización psiquiátrica. Algunos casos necesitan el apoyo de medicamentos, los cuales facilitan obtener los resultados antes mencionados. Hoy más que nunca existen múltiples programas de apoyo y de tratamiento que ayudan que la persona que sufre de enfermedades de salud mental viva una vida plena y productiva.
La salud mental puede pasar a veces desapercibida, pero su ausencia es obvia y muy dolorosa para la persona y quienes están a su alrededor. No permitamos que el estigma nos impida buscar herramientas que pueden mejorar la calidad de vida e incluso salvarla. Por más de veinte años la Fundación Relaciones Sanas ha estado comprometida con la salud emocional de Panamá. En el año 2017 creó el Programa SanaMente para brindar educación sobre salud mental y prevención de la conducta de riesgo suicida. Súmate a nuestro compromiso con la salud mental de Panamá.
Estigma y Salud Mental
Estigma es cuando atribuimos una etiqueta de deshonra a una circunstancia específica, cualidad, o persona. En el caso de la salud mental, lo podemos observar a nivel individual en el lenguaje, o los calificativos que utilizamos para describir a las personas que sufren de algún trastorno emocional - que requiere ayuda de un psiquiatra o psicólogo -, cómo los tratamos con desdén o distancia, cómo les negamos oportunidades, a nivel de estado, cómo los gobiernos designan menos presupuesto para su investigación, prevención y tratamiento.
Estigma es cuando atribuimos una etiqueta de deshonra a una circunstancia específica, cualidad, o persona. En el caso de la salud mental, lo podemos observar a nivel individual en el lenguaje, o los calificativos que utilizamos para describir a las personas que sufren de algún trastorno emocional - que requiere ayuda de un psiquiatra o psicólogo -, cómo los tratamos con desdén o distancia, cómo les negamos oportunidades, a nivel de estado, cómo los gobiernos designan menos presupuesto para su investigación, prevención y tratamiento.
El estigma es reflejo de ignorancia y se inicia con la falta de conocimiento que genera creencias no científicamente comprobadas, lo que a su vez hace que se desarrollen prejuicios y discriminaciones. Por ejemplo, la idea de que todos los que sufren de enfermedades mentales tienden a ser inestables y violentos.
El miedo a ser discriminadas hace que las personas eviten comunicarles a sus allegados lo que están experimentando. Se les hace más difícil buscar ayuda profesional, lo que afecta en su recuperación. El sentirse mal y diferentes les hace separarse y sufrir solos. Por último, el no recibir tratamiento les dificulta relacionarse, ser productivos en su trabajo y, al paso del tiempo, les aumenta el riesgo de desarrollar complicaciones mayores y la conducta suicida.
El estigma nos afecta a todos. Lastimosamente, el estigma, los prejuicios y la discriminación están arraigados en las sociedades, y no se desarrollan suficientes campañas de educación sobre la salud mental y no se le da la importancia que se merece.
Otra muestra de estigma es el creer que la persona con dificultades de salud mental es responsable de lo que le ocurre y que debe poner de su parte para curarse. Por otro lado, si no se les culpa a ellos, se culpa a sus padres, quienes son vistos como malos o incapaces cuando la neurociencia nos enseña que la verdad es que muchas de las enfermedades mentales tienen un origen fisiológico como las enfermedades físicas, o un origen cognitivo. Nadie es juzgado por sufrir de artritis reumatoide o cáncer, muy por el contrario, a lo que ocurre en el caso de las enfermedades mentales cuando la enfermedad se llama depresión o trastorno de ansiedad. Si bien, existen dificultades emocionales que resultan de las interacciones con sus seres queridos, necesitamos ser empáticos con esos cuidadores que no tienen los conocimientos apropiados para ayudar a sus hijos a lidiar con la vida diaria y con sus emociones, ya que los padres de estos cuidadores tampoco tuvieron la oportunidad de adquirir los conocimientos necesarios para entender y contener las conductas de sus hijos. El apoyo y la educación son la solución, no el aislamiento o el juicio.
Patrick Corrigan, pionero de las investigaciones sobre estigma y sus efectos, dice que este debe ser enfrentado a través de un movimiento social importante y sostenido que comience con educar a la población en general sobre salud mental. ¿Por qué debemos erradicar el estigma de la salud mental? porque entender sus causas, los síntomas y los impactos no solo mejora la vida de quienes los experimentan, sino también la economía, la convivencia de las familias y la comunidad en general.
El estigma afecta cada esfera en la recuperación del individuo. Con frecuencia una vez establecido un diagnóstico y un plan de tratamiento lo que sigue lógicamente es el inicio de dicho proceso. Ahí claramente se manifiesta nuevamente y abruman preguntas como ¿qué significa ir a ver a un psicólogo o psiquiatra de manera regular? ¿Qué pasa si alguien se entera? ¿Qué van a pensar de mí o de mi familia? ¿Me afectará profesionalmente? Por esto, al recibir un diagnóstico de salud mental muchas veces la misma persona y sus familiares pueden sentirse “menos” o sentir vergüenza o culpa de algo que es tan producto del rejuego de la genética y el ambiente, como cualquier otra condición médica. Olvidan en ese momento que como puede fallar el corazón o una articulación, también ocurre así en la delicada química y el funcionamiento del cerebro humano.
Pasada esta etapa entonces el siguiente reto es el de tomarse el medicamento o medicamentos prescritos si esto es parte del tratamiento. Por ejemplo, a pesar de la información científica disponible hoy día que demuestra que un robusto 70% de las personas responden al primer tratamiento sugerido para el trastorno depresivo, las personas dudan mucho más en tomar estos que un antibiótico. Sin dejar de mencionar que precisamente por el estigma, se esconde con frecuencia o se interrumpe antes de tiempo. Cualquier malestar se le atribuye al medicamento, más allá de lo que puede ser un efecto secundario, que todos los medicamentos, no solo los psicofármacos pueden causar. Todo esto no hace más que poner en evidencia cómo el estigma perjudica un tratamiento que puede mejorar y salvar vidas.
La enfermedad o la falta de salud mental en el planeta es el causante de grandes pérdidas económicas y afecta de manera extraordinaria la calidad de vida de la gente, sin embargo, tiende a quedarse rezagado en los presupuestos a nivel global. En gran parte debido al estigma asociado a este tema. Es hablando, informándose, compartiendo a nivel personal y local que podemos romper con las ataduras y el miedo.
Nadie elige sufrir de ataques de pánico, depresión, trastorno bipolar o adicciones, mucho menos padecer de esquizofrenia. Así como un porcentaje de la población padece de hipertensión, diabetes o cáncer, así mismo otros son afectados por enfermedades neuropsiquiátricas; todas las enfermedades, visibles e invisibles, son parte de la vulnerable condición humana.
Cuando escuche que alguien batalla con temas de salud mental, ofrezca la misma comprensión y apoyo que daría ante cualquier otra condición médica. La química del cerebro no es tangible como sería un hueso fracturado, pero cuando se afecta, los resultados son tan dolorosos como tratables, no permitamos que el estigma añada más dolor a una situación médica que tiene tratamientos eficaces y basados en evidencia científica.
Sal a la herida
No hay nada más claro y directo que las palabras sinceras de una persona que sufre de una enfermedad mental. Toma fortaleza y valentía hablar abiertamente del tema y cuando leí el escrito de Manuel Salvador López sentí agradecimiento y admiración. Gracias Manuel por permitirnos escuchar lo que vive diariamente una persona diagnosticada con depresión y ansiedad. Gracias por brindarnos la oportunidad de aprender y hablar del tema.
No hay nada más claro y directo que las palabras sinceras de una persona que sufre de una enfermedad mental. Toma fortaleza y valentía hablar abiertamente del tema y cuando leí el escrito de Manuel Salvador López sentí agradecimiento y admiración. Gracias Manuel por permitirnos escuchar lo que vive diariamente una persona diagnosticada con depresión y ansiedad. Gracias por brindarnos la oportunidad de aprender y hablar del tema. Gracias por mostrar que un ser humano es quien está detrás de las etiquetas. Mi admiración va por tu capacidad de mostrarte vulnerable en una sociedad que a veces no deja ni sentir a los hombres, lo que los afecta de por vida. También puedo ver detrás de esa vulnerabilidad tus fortalezas; cómo puedes estar presente en los momentos más duros, vivir, sentirlos y así encontrar maneras de salir y seguir adelante. Toma mucha valentía y energía hacer esto.
Quisiera aprovechar esta gran oportunidad que nos has regalado para presentar algunas ideas desde el punto de vista de una profesional de la salud mental, con la intención de unir tu experiencia con un poco de teoría.
El covid-19 nos ha afectado a todos queramos aceptarlo o no.
Los primeros casos en el mundo se dieron diciembre del 2019, por lo que ya contamos con varios artículos científicos sobre los efectos de este virus en los seres humanos, entre los cuales se encuentran estrés postraumático y todos sus acompañantes: Ansiedad, depresión, agotamiento y desapego. A estos hay que sumarles los efectos de la cuarentena: Aburrimiento, frustración, soledad, ira y estrés. No importa cuánto queramos negarlo, ya sea poniendo una cara de que estamos bien o llenado el espacio con miles de actividades para no pensar y mucho menos sentir, ya no somos las mismas personas que antes. Estamos viviendo una experiencia global que causa incertidumbre y temor y eso nos impacta a todos.
¿Qué de las personas que ya tenían síntomas o diagnóstico de alguna enfermedad de la salud mental?
Las investigaciones indican que estas personas se ven más afectadas. Como dice Manuel, le hecha sal a la herida. Primero porque los síntomas se multiplican. Si para todos la situación es estresante y genera mucha ansiedad, para una persona con trastorno de la salud mental la experiencia dispara sus síntomas en mayor grado. Por ejemplo, en el caso de los trastornos de ansiedad, se acrecientan los miedos ya sea de contagiarse o morir. En el caso de la depresión, la persona se siente cada vez más desesperanzada, atrapada y desmotivada. La cuarentena no ayuda, porque si antes las personas experimentaban todos estos síntomas, para empezar, podían acceder más fácilmente a sus tratamientos y medicamentos y segundo tenían más opciones para distraerse y mejorar su estado de ánimo trabajando o socializando con amigos y familiares. Todo esto se pierde en estos momentos.
El miedo y el desconocimiento nos impiden apoyar de manera empática.
Escuchar a un ser querido hablar de lo que siente y lo que piensa, mueve sentimientos de miedo y tristeza, los cuales nos impiden ser empáticos. Unido a esto, muchas personas desconocen que detrás de las palabras y conductas de una persona muchas veces existe una dificultad emocional que puede ser tratada. Por estas razones, muchas veces tratamos de sacar a la persona de su experiencia empujándola con comentarios como los que presenta Manuel: “¿Por qué te sientes así?” o recomendaciones poco realistas: “Respira hondo y medita,” “Sé positivo.” Manuel nos está diciendo claramente lo que necesita: Sentir apoyo y ser escuchado sin prejuicios. ¿Cómo hacemos esto? Para comenzar, intentemos ponernos en contacto con lo que sentimos. Reconozcamos cómo nos hace sentir ver a un ser querido sentirse mal, eso nos ayudará a ponernos en su lugar y a conectar. No es nada fácil, pero no es imposible y tiene efectos profundos en la vida de ambos. Después escuchemos para entender, no para cambiar la experiencia o la opinión de quien habla.
Información para lo incomprensible
La salud mental y sus enfermedades tuvieron un inicio lleno de vergüenza al ser asociadas con lo diabólico debido a la falta de conocimiento. Esta explicación llena de estigma y discriminación a las personas que las sufren hasta el día de hoy. A menudo, las personas que no conocen del tema le dan explicaciones simplistas. Por ejemplo, la tradición popular dice que las emociones residen en el corazón, sin embargo, la ciencia las encuentra en el cerebro. Ciertas áreas del cerebro ayudan a regular el estado de ánimo. Los investigadores han encontrado que la manera en que se desarrollen las conexiones y el crecimiento de las células nerviosas, así como el funcionamiento de los circuitos nerviosos tienen un gran impacto en la depresión, por ejemplo. Muchas otras enfermedades mentales tienen explicaciones en problemas en el funcionamiento del cerebro. Entonces, ¿Por qué culpar a quienes las sufren? Lastimosamente, al presentarse la mayoría de los síntomas alrededor de las emociones, las personas creen que tenemos el poder de manejarlas con solo poner de nuestra parte.
Las enfermedades de salud mental son complejas y multifactoriales. Como el resto de las enfermedades que sufren los seres humanos, seguimos investigando para conocer más al respecto y tratarlas de manera más eficiente. Detrás de cada conducta hay un proceso mental que puede ser influenciado por aspectos químicos y fisiológicos, así como emocionales e interpersonales. ¿Qué podemos hacer entonces?
Educarnos en los diferentes síntomas de los trastornos de la salud mental y sus tratamientos para poder comprender mejor lo que está viviendo la persona.
Escuchar para entender. Sin juicio, ni lástima, ni deseo de cambiar a la persona que se escucha.
Expresar nuestro interés por entender y ayudar. El miedo a ser juzgado y rechazado es uno de los más grandes obstáculos para que las personas busquen ayuda; y la comprensión y la apertura a aceptar la realidad de la persona hace que esta sienta paz, y le brindan apoyo y fortaleza para recuperarse.
Aceptar el tratamiento. Estudios a nivel mundial han demostrado que la psicoterapia reduce el impacto que estas enfermedades puedan tener en la persona que las sufre, la cantidad de personas que se enferman y el número de personas que mueren por estas. También mejora el desempeño en el trabajo y disminuye la incidencia de hospitalización psiquiátrica. En algunos casos también es necesario el apoyo de medicamentos, los cuales facilitan obtener los resultados antes mencionados.
Manuel no está solo, millones de personas alrededor del mundo experimentan síntomas y enfermedades de la salud mental. Yo sufrí de ansiedad generalizada por años, a pesar que alguno que otro síntoma sigue presente, soy muestra que el tratamiento hace una gran diferencia. El haber experimentado esto de primera mano es la razón que me motiva todos los días a educar sobre salud mental y a trabajar en la prevención de suicidios. Tú que lees esto, ¡Tampoco estás solo!
Prevención de suicidio
A todos nos llena de tristeza y preocupación cuando escuchamos que una persona se ha quitado la vida. Nos preguntamos ¿Qué paso?, ¿Qué hace que una persona quiera o pueda hacerlo? La realidad es que, anualmente, mueren alrededor de 35 mil personas por esta causa y esta conducta ha sido muy estudiada. Asimismo, se sabe que no hay una razón simple que haga que una persona quiera quitarse la vida. Los seres humanos somos muy complejos y deben darse muchos factores para que se dé un suicido.
Dra. Susana De León de Espino y Vali Maduro de Gateño, Ph.D.
A todos nos llena de tristeza y preocupación cuando escuchamos que una persona se ha quitado la vida. Nos preguntamos ¿Qué paso?, ¿Qué hace que una persona quiera o pueda hacerlo? La realidad es que, anualmente, mueren alrededor de 35 mil personas por esta causa y esta conducta ha sido muy estudiada. Asimismo, se sabe que no hay una razón simple que haga que una persona quiera quitarse la vida. Los seres humanos somos muy complejos y deben darse muchos factores para que se dé un suicido. Algunos de los conocimientos que han revelado las investigaciones son los siguientes:
La conducta suicida no es tan impulsiva como se pensaba. Se sabe ahora que las personas como mínimo lo piensan alrededor de tres meses antes de intentarlo; lo que nos da una ventana para ayudar a prevenirlo. Unido a esto, sabemos que los adolescentes no tienden a buscar la ayuda directamente, si no que empiezan a hacer cosas y a hablar de manera indirecta. Por esta razón los adultos debemos estar pendientes y brindar la ayuda.
La mayoría de las personas que mueren por suicidio tienen un diagnóstico de salud mental que puede ser tratado. Lastimosamente, la mayoría no busca ayuda y quienes la buscan no muchas veces siguen las indicaciones. Comúnmente vemos que les cuesta aceptar tomarse los medicamentos. Pero esta información también es positiva, ya que sabemos que los tratamientos pueden ser eficaces en prevenir el suicidio.
Existen maneras de detectar quienes están en riesgo y así poder brindarles la ayuda que necesitan. Algunos de los factores que aumentan la posibilidad que una persona quiera quitarse la vida son: Que la persona tenga una enfermedad física o mental que lo haga sufrir por mucho tiempo, el uso de sustancias que le desinhiben la consciencia de hacerse daño, estrés prologando por ser maltratado o vivir en condiciones de dificultad, que en la familia alguien más se haya quitado la vida o haberlo intentado antes.
También sabemos las señales de riesgo inminente que nos alertan a que la persona ya está planeando hacerlo. Por ejemplo, habla de muerte, que se siente atrapado, que no vale para nada, se despide o empieza a regalar sus cosas. En estos momentos es de suma importancia incluir a un profesional de la salud mental; quiera o no quiera la persona. Además, es importante superar la rabia que nos da que una persona está tratando de manipularnos. Siempre hemos dicho que, si una persona necesita usar su vida para manipular, ¡esa persona necesita ayuda!
Finalmente sabemos que, en la mayoría de los casos, la conducta suicida puede ser prevenida si nos educamos, si nos mantenemos alerta a reconocer quienes necesitan ayuda y seguimos el tratamiento.
Entre los diagnósticos relacionados con el suicidio, uno de los más prevalentes es el de Depresión. Todos en algún momento podemos sentirnos tristes o con estado de ánimo apagado. El ser humano evolucionó para experimentar muchas emociones incluyendo la tristeza. Sin embargo, hay que distinguir entre sentir una tristeza temporal y un estado se depresión. Cuando predominantemente la persona experimenta un ánimo triste o “apagado” hay que preguntarse si es una tristeza reactiva y normal, o es un estado de depresión clínica o lo que se conoce como Depresión Mayor o Trastorno Depresivo.
Puede ocurrir a cualquier edad, en la niñez, la adolescencia, el adulto y en el adulto mayor. Existen factores de riesgo como una historia familiar de depresión, traumas - sobre todo durante la infancia -, pérdidas recientes, problemas socio-económicos, “bullying” en caso de niños y adolescentes, y condiciones médicas varias. La causa exacta no se conoce, pero sí se atribuye a multiplicidad de factores que incluyen la genética, estresores psicosociales, y disregulación de los neurotransmisores (químicos) del cerebro.
Específicamente en los adolescentes, la prevalencia es de alrededor del 4 - 5%. A veces el trastorno depresivo mayor o depresión mayor pasa sin ser identificada claramente por los padres, pero sabemos que conlleva consecuencias importantes para el funcionamiento y desarrollo del joven. Es más frecuente en las mujeres que en los varones. Se define como un período de dos semanas o más donde el adolescente presenta algunos de los siguientes síntomas conductuales de manera consistente:
Llanto fácil, tristeza evidente o irritabilidad, quejas de “aburrimiento”
Aumento o disminución de sueño
Sentimientos de culpa irracionales y baja autoestima
Bajo nivel de energía y desinterés por actividades que antes disfrutaba
Problemas de concentración y deterioro en el rendimiento académico
Aumento o disminución de peso
Quejas frecuentes de dolores articulares, de cabeza o estomacales
Aislamiento de amigos y sensibilidad extrema al rechazo
Comentarios o preocupación sobre la muerte e ideas suicidas
Conductas autodestructivas y uso de sustancias y alcohol
No hay dos presentaciones idénticas, cada persona es única. Si su hijo o hija muestra algunas de estas características, hay que buscar ayuda inmediatamente. Una vez establecido el diagnóstico, hay tratamiento y éste dependerá del caso. Puede consistir de psicoterapia, psicoterapia y medicamentos, además de intervenciones para apoyar a la familia y reducir los posibles estresores. De sospechar ideación suicida hay que actuar de manera inmediata y asegurar la integridad física de la persona. Es tratable y curable.
No es un defecto de la personalidad del individuo ni muestra de debilidad, es producto de cambios químicos a nivel cerebral que se manifiestan a través de las conductas descritas. Estar informados es lo más importante, y buscar ayuda a tiempo puede cambiarle y hasta salvarle la vida.