Salud Mental 1.0: Señales de afectaciones
La salud mental y la física van de la mano para crear un bienestar integral. Reconocer esto nos hace estar pendientes de posibles afectaciones a la salud mental. Sin embargo, a menudo resulta complejo distinguir entre las reacciones emocionales normales ante los desafíos de la vida y aquellas señales que indican que necesitamos apoyo profesional.
En este artículo queremos compartirles algunas señales que indican la posible presencia de una afectación a la salud mental y cómo el profesional determina si existen las condiciones para diagnosticar un trastorno. El objetivo no es el autodiagnóstico, sino brindar las herramientas necesarias para identificar cuándo algo ha cambiado en nosotros o en nuestros seres queridos, recordándonos que buscar ayuda a tiempo es un acto de valentía y responsabilidad personal.
Algunas de las señales a las que debemos prestar atención son:
Sentirse ansioso o preocupado: si bien la ansiedad o la preocupación son respuestas comunes y saludables a las situaciones de la vida diaria, cuando son constantes e interfieren todo el tiempo pueden indicar una afectación mayor. Pueden surgir síntomas físicos como palpitaciones, dificultad para respirar, dolor de cabeza, sudoración, temblores, sensación de mareo, inquietud, diarrea o una mente acelerada que no deja de pensar en lo que le preocupa.
Sentirse deprimido o infeliz: muchas veces decimos, estoy deprimida, cuando en realidad, estamos tristes. Los síntomas que indican una posible depresión incluyen estar triste o irritable durante las últimas semanas o más, carecer de motivación y energía, perder interés en un pasatiempo o estar lloroso todo el tiempo, entre otros.
Cambios emocionales: Cambios repentinos y dramáticos en el estado de ánimo, como angustia extrema o ira.
Cambios en el comportamiento o los sentimientos: Cambios sutiles, continuos y significativos en los sentimientos, el pensamiento y el comportamiento de una persona.
Cambios drásticos en el sueño o apetito: Dormir y/o comer mucho más o mucho menos de lo habitual.
Retraerse de la vida regular: Alejarse de la vida, especialmente si se trata de un cambio importante. Aislarse con regularidad. Negarse a participar en actividades sociales puede ser una señal de necesitar ayuda.
Abuso de sustancias: El uso de sustancias para sobrellevar la situación. Ya sea alcohol, marihuana o algún medicamento como tafil o rivotril sin ser recetado por un médico.
Sentirse culpable o inútil: La constante sensación de culpabilidad, de ser un fracaso, o de no tener valor.
Para saber si los síntomas han cruzado la línea hacia un trastorno, los expertos suelen buscar tres factores principales:
1. Duración (¿Cuánto tiempo ha pasado?)
Las emociones normales son temporales. Si los síntomas persisten más allá de lo esperado, es una señal de alerta. Es normal estar triste unos días después de una mala noticia. Hay que prestar atención si se siente una tristeza profunda o vacío la mayor parte del día, casi todos los días, durante al menos 2 semanas (criterio común para la depresión) o ansiedad constante por más de 6 meses.
2. Disfunción (¿Afecta tu vida diaria?)
Este es, quizás, el factor más decisivo. Un trastorno mental interfiere con tu capacidad para funcionar. Es normal tener ansiedad antes de un examen. Se requiere atención si dejas de ir al trabajo o bajas tu rendimiento drásticamente. Te aíslas de amigos y familiares (dejas de salir). No puedes realizar tareas básicas como bañarte, comer o limpiar tu casa.
3. Desproporción (Intensidad)
La reacción es mucho más intensa de lo que la situación amerita, u ocurre sin ninguna causa aparente. Es normal tener miedo si ves un perro agresivo. Necesita atención el tener un ataque de pánico al entrar a un elevador o estar en un lugar público sin razón aparente.
Identificar las señales de alerta descritas en Salud Mental 1.0 es el primer paso, y quizás el más importante, hacia la recuperación y el bienestar. Entender esta diferencia nos empodera para dejar de juzgarnos y comenzar a actuar. Ahora que conoces las señales de afectación y las “3 Ds, tienes una herramienta poderosa en tus manos. Te invitamos a mirar a tu alrededor con empatía.
● Obsérvate: ¿Cómo te sientes realmente hoy?
● Observa: ¿Notas cambios drásticos en un compañero, amigo o familiar?
Si ves algo que no parece correcto, inicia la conversación. Preguntar “¿Cómo estás realmente?” o sugerir buscar orientación profesional puede marcar la diferencia en la vida de alguien. No guardes esta información; compártela y ayuda a romper el estigma.
Salud Mental 1.0: Trastornos de la Personalidad
Como vimos en la entrega de la semana pasada, la personalidad es el conjunto estable de características biológicas y aprendidas que nos definen como individuos únicos. Esta combinación de características determina cómo cada persona piensa, siente y se comporta. Además, cómo se relaciona con quienes lo rodean y cómo se ve a mi mismo.
Cuando estas características de la personalidad son saludables, la persona es capaz de adaptarse con flexibilidad a los cambios del ambiente, tiene relaciones saludables y posee herramientas para lidiar con las dificultades que la vida les presente. Por ejemplo, si un plan de fin de semana se cancela por mal clima, la persona no permite que eso le arruine el humor por el resto del día. Rápidamente propone una alternativa, como organizar una tarde de películas en casa o adelantar un proyecto personal.
Sin embargo, no todas las personas logran desarrollar esta flexibilidad. Cuando estos patrones de pensamiento, comportamiento y forma de relacionarse se vuelven extremadamente rígidos, inflexibles y causan un malestar significativo o problemas persistentes en la vida diaria, nos encontramos ante lo que se conoce como un trastorno de la personalidad.
Los profesionales de la salud mental, psiquiatras y psicólogos clínicos, son quienes están capacitados para diagnosticar la posible presencia de estos trastornos. Para esto, utilizan los criterios de los manuales diagnósticos. El diagnóstico de un trastorno de la personalidad requiere un patrón persistente, inflexible y generalizado de rasgos mal adaptativos que incluyan dos o más de los siguientes:
Patrón inadaptado: Patrón persistente de experiencia interna y comportamiento que se desvía notablemente de la cultura del individuo. Este patrón se puede presentar en las áreas de cómo la persona percibe la realidad, en la intensidad emocional con la cual reacciona a las situaciones y en su funcionamiento interpersonal y control de impulsos. Por ejemplo, cuando a alguien no la invitan a un evento y piensa, "Soy insoportable, nadie me quiere realmente, siempre termino sola".
Inflexibilidad: La persona reacciona de manera rígida. Por ejemplo, “todos deben pensar y actuar como yo pienso que es lo correcto, si no están mal y me pongo bravo”.
Malestar Clínico: Los síntomas producen afectaciones significativas que afectan el funcionamiento de la persona en las áreas de las relaciones, trabajo y/o disfrute de la vida que requiere atención profesional. Por ejemplo, una persona con trastorno obsesivo compulsivo pasa tantas horas revisando y corrigiendo un informe para que esté "perfecto" que incumple la fecha de entrega, lo que resulta en un despido.
Estabilidad: los síntomas usualmente aparecen en la adolescencia o adultez temprana, son estables y de larga duración.
Exclusión: No se explica mejor por otro trastorno mental, efectos de sustancias o condiciones médicas.
El Manual de Diagnostico DSM-5-TR agrupa diez tipos de trastornos de la personalidad en tres grupos (A, B, y C), sobre la base de características similares que presentan las personas que los padecen.
Grupo A se caracteriza por rasgos raros o excéntricos.
Paranoide: desconfianza y sospecha
Esquizoide: falta de interés en los demás
Esquizotípico: ideas y comportamiento excéntrico
Grupo B se caracteriza por apariencia dramática, emocional o errática.
Antisocial: irresponsabilidad social, desprecio por los demás, engaño, y manipulación de los demás para su beneficio personal
Limítrofe: vacío interior, relaciones inestables y desregulación emocional
Histriónico: búsqueda de atención y excesiva emocionalidad
Narcisista: auto-grandiosidad, necesidad de admiración y falta de empatía
Grupo C se caracteriza por la aparición de ansiedad o miedo.
De evitación: Se evita el contacto interpersonal debido a la sensibilidad al rechazo
Dependiente: sumisión y necesidad de ser atendidos
Obsesivo-compulsivo: perfeccionismo, rigidez y obstinación
Está de más decir que este artículo no tiene la intención de que se autodiagnostiquen o diagnostiquen a quienes los rodean. Todos tenemos rasgos peculiares o días difíciles, y eso es completamente normal. El objetivo principal es acercarnos a la salud mental, perderle el miedo a estos términos y, sobre todo, recordar que si sienten un malestar que interfiera con la vida diaria, el mejor paso siempre será buscar la ayuda y orientación de un profesional
Salud Mental 1.0: Trastorno límite de la personalidad, el dolor del vacío
El Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales-5 describe el Trastorno Limite de la Personalidad (TLP) como una inestabilidad persistente en las relaciones, la autoimagen y las emociones e impulsividad significativa. El diagnóstico requiere la presencia de al menos cinco de los siguientes síntomas:
Sentimientos crónicos de vacío, los cuales hacen que la persona busque maneras de llenarlo haciendo diferentes acciones como comprar, comer o hasta cortarse.
Inestabilidad emocional reactiva a los acontecimientos cotidianos, como episodios intensos de tristeza, irritabilidad o ansiedad que suelen durar unas pocas horas y rara vez más de unos pocos días.
Esfuerzos frenéticos por evitar un abandono real o imaginado, causando que en algunas ocasiones se amenace con la vida para no perder la relación.
Inestabilidad significativa o persistente en la autoimagen o en el sentido de identidad.
Comportamiento impulsivo, como gastos excesivos, actividad sexual, abuso de sustancias, conducción temeraria o atracones de comida.
Ira intensa o dificultad para controlar la ira, incluyendo frecuentes estallidos de mal genio, enfado constante o peleas físicas recurrentes. Esta es la razón por la que familiares y amigos describen sentirse como si estuvieran caminando sobre cáscaras de huevo.
Un patrón de relaciones intensas e inestables, caracterizado por oscilaciones extremas entre la idealización y la devaluación.
Conductas de riesgo suicida o autolesiones
Pensamientos paranoicos transitorios o síntomas disociativos graves.
Para Masha Linehan la causa del TLP es el ciclo destructivo que se forma entre el niño altamente sensible y el entorno invalidante a lo largo de los años. Cuando un niño biológicamente vulnerable es constantemente invalidado, aprende a desconfiar de sí mismo y de lo que siente. Como su entorno le dice que sus emociones están mal, pero él las sigue sintiendo con una intensidad insoportable, entra en un estado de caos interno. Al no tener herramientas para regularse, la persona aprende (de manera inconsciente) que las conductas impulsivas, los estallidos de ira o las autolesiones son las únicas formas efectivas de comunicar su dolor extremo y conseguir que el entorno por fin responda o valide su sufrimiento. A esto culturalmente se le llama manipulación, cuando en verdad es una respuesta defensiva.
Para Peter Fonagy el TLP surge principalmente por problemas en la infancia que impiden a la persona aprender a manejar sus emociones. En los primeros años de vida, cuando el bebé necesita aprender a entender lo que siente a través de la interacción con sus padres. Si los cuidadores no tienen la capacidad de entender las necesidades del bebe y responden de manera fría, inestable o reaccionan a la angustia del niño con pánico o agresividad en lugar de calmarlo, ocurre un fallo que afecta sus capacidades de auto conocimiento y regulación de las emociones. Al no tener un "espejo" emocional sano que le enseñe a tranquilizarse, el niño internaliza esa ansiedad de los adultos. Esto genera con el tiempo un sentimiento crónico de vacío o la sensación de tener una identidad que no siente como propia.
Esta falta de una base emocional segura impide que el niño desarrolle correctamente la "mentalización", la capacidad de entender con claridad lo que uno mismo y los demás están sintiendo o pensando. Para poder soportar el dolor, el niño se ve obligado a "apagar" su radar emocional como mecanismo de defensa. Prefiere desconectarse para poder sobrevivir psicológicamente a la situación.
Al llegar a la vida adulta, esta desconexión emocional trae consecuencias severas. Ante cualquier situación de estrés, la frágil habilidad de la persona para entender las emociones colapsa por completo, lo que provoca grandes malentendidos y reacciones desbordadas. En ese estado de caos, conductas como las autolesiones suelen aparecer como un intento desesperado por aliviar la angustia interna y lidiar con ese vacío.
Sofía lleva dos meses saliendo con Andrés. Al principio creía que era "su alma gemela" y la persona perfecta. Un martes, Andrés tarda tres horas en responderle un mensaje de WhatsApp. Al ver que no responde, Sofía entra en pánico y se convence de que él ya no la quiere y la va a dejar. De inmediato, su percepción cambia radicalmente: pasa de amarlo a odiarlo, y le envía varios audios gritándole e insultándolo. En medio de su angustia, empieza a imaginar genuinamente que Andrés está con otra persona riéndose de ella. Cuando Andrés le explica que estaba en una reunión larga, Sofía se siente culpa y tristeza que le durarán el resto del día. La invade una fuerte sensación de que no vale nada y de no sabe qué hacer con su vida. Para intentar calmar ese dolor interno, termina haciéndose pequeños cortes en el brazo.
Recuerda que este articulo es informativo, si te identificas con los síntomas, busca ayuda profesional.
Salud Mental 1.0: la popular depresión
Muchas personas usan la palabra “depresión” cuando están hablando de estar tristes. Esta identificación de un diagnóstico con una emoción puede confundir la comunicación y tener repercusiones en cómo lidiamos con diversas situaciones. Por ejemplo, cuando una persona experimenta la muerte de un ser querido, quienes están cerca pueden temer que, al dejarse sentir su tristeza por el dolor se, deprima. Por lo tanto, la pueden empujar a salir de ese estado de ánimo antes de lo que necesita para hacer el proceso saludable de duelo. El objetivo de este artículo es aclarar un poco esto, no que sirva como un auto diagnóstico.
La Organización Panamericana de la Salud describe la depresión como una enfermedad común pero grave que interfiere con la vida diaria, con la capacidad para trabajar, dormir, estudiar, comer y disfrutar de la vida. La depresión es causada por una combinación de factores genéticos, biológicos, ambientales y psicológicos.
Al igual que la ansiedad, la depresión no se presenta de una sola manera.
Trastorno Depresivo Mayor (Depresión Clínica): Es el tipo más reconocido. Se caracteriza por un estado de ánimo deprimido que persiste la mayor parte del día durante al menos dos semanas. Entre los síntomas están sentimientos profundos de tristeza, vacío o desesperanza, pérdida de interés en actividades que antes se disfrutaban, cambios drásticos en el apetito o el peso, insomnio o dormir demasiado, fatiga extrema y/o dificultad para concentrarse.
Trastorno Depresivo Persistente (Distimia): Es una forma de depresión de larga duración. Aunque los síntomas pueden no ser tan “incapacitantes” como en la depresión mayor, son constantes y duran al menos dos años. Baja autoestima y sentimiento de inadecuación, sensación de estar en "automático" o con una "nube gris" constante, irritabilidad crónica y/o poca energía habitual.
Trastorno Afectivo Estacional (TAE): Está relacionado directamente con los cambios de estación, comenzando y terminando generalmente en las mismas fechas cada año (usualmente en otoño e invierno). Retraimiento social, necesidad de dormir mucho más de lo normal, aumento de peso debido a antojos de carbohidratos.
Depresión Perinatal (Postparto): Mucho más profunda que el cansancio típico de ser madre. Puede ocurrir durante el embarazo o después del parto. Se presenta con ansiedad extrema o ataques de pánico, dificultad para establecer un vínculo afectivo con el bebé y/o miedo constante a no ser un buen progenitor o de lastimar al bebé.
Trastorno Bipolar (Fase Depresiva): Aunque es un trastorno distinto, incluye episodios de depresión profunda que se alternan con periodos de manía (euforia o energía extrema). En la fase depresiva, los síntomas son idénticos a la depresión mayor. El diagnóstico es crucial porque el tratamiento varía drásticamente respecto a una depresión estándar.
Podemos observar que muchos de los síntomas son parecidos a como uno se siente cuando está en duelo. Para saber la diferencia necesitamos las tres D: Duración (¿Cuánto tiempo ha pasado?), Disfunción (¿Afecta tu vida diaria?) y Desproporción (Intensidad). Cada diagnostico tiene sus reglas y los profesionales idóneos son quienes pueden verdaderamente decirte lo que estas presentando.
Cuando ya se tiene un diagnóstico, existen varios tratamientos:
Psicoterapia: Es el pilar fundamental para entender los patrones de pensamiento y comportamiento. Las investigaciones indican que toda terapia que ayude a la persona a reflexionar sobre sus pensamientos, conductas y emociones, puede ser beneficiosa.
Tratamiento Farmacológico: Los medicamentos ayudan a equilibrar los neurotransmisores en el cerebro. Requieren supervisión médica estricta y suelen tardar de 2 a 4 semanas en mostrar efectos notables.
Tratamientos Tecnológicos y Médicos: Para casos de depresión resistente (cuando los fármacos y la terapia no son suficientes), el profesional puede recomendar Estimulación Magnética Transcraneal (EMT) o Esketamina: un tratamiento más reciente para depresiones graves de alivio rápido.
Cambios en el Estilo de Vida: Aunque por sí solos no suelen curar una depresión mayor, son potenciadores esenciales del tratamiento: higiene del sueño, actividad física y nutrición saludable.
La depresión crece en el silencio y el aislamiento, porque convierte los pensamientos negativos en tu única realidad. Esta distorsión puede llevarte incluso a desear la muerte. Si algo de lo anterior resuena contigo, no eres el único, más de 280 millones de personas luchan contra esto, pero la mayoría lo hace en silencio. Te invito a actuar: no te quedes solo y busca ayuda profesional, la depresión es altamente tratable.
Salud Mental 1.0: La conducta de riesgo suicida, cuando la muerte se vuelve la opción
El suicidio sigue siendo uno de los grandes tabúes de nuestra sociedad. Durante siglos, quienes han intentado o han muerto por suicidio han sido juzgados, estigmatizados y, en el mejor de los casos, profundamente incomprendidos. Se les ha etiquetado de cobardes, egoístas o simplemente de enfermos, reduciendo una de las experiencias humanas más complejas a una mera etiqueta simplista. Sin embargo, pioneros de la suicidología clínica como Edwin S. Shneidman dedicaron sus vidas a proponer un enfoque radicalmente distinto: una súplica por la comprensión de la mente suicida. Este llamado nos invita a dejar de mirar el acto desde el prejuicio exterior y atrevernos a mirar hacia adentro, intentando comprender la experiencia interna, a menudo intolerable, de la persona que sufre en silencio.
Para empezar a asimilar esta realidad, debemos desmontar el mito más grande y perjudicial de todos: la idea de que la persona con ideación suicida simplemente quiere morir. La muerte, en sí misma, rara vez es el objetivo primordial. Lo que realmente busca la persona es escapar de un dolor psicológico extremo, agudo e insoportable. Shneidman acuñó el término clínico "psychache" para describir este tormento mental continuo. Es un sufrimiento emocional que desgarra la voluntad de existir, alimentado incesantemente por la culpa, la vergüenza, la soledad profunda o la desesperanza. Cuando este dolor cruza el umbral de lo tolerable, la persona siente que su capacidad psíquica para soportar la existencia se ha agotado por completo. El suicidio se presenta entonces no como un movimiento de atracción genuina hacia la muerte, sino como la única opción que su mente exhausta concibe frente a una agonía interminable.
Este dolor insoportable altera profundamente la forma en que el cerebro procesa la realidad. La persona que contempla el suicidio no está pensando con la claridad habitual, pero tampoco está necesariamente en un estado fuera de la realidad. Más bien, su mente entra en un estado a menudo descrito como una "visión de túnel". En este estado de emergencia emocional y mental, el pensamiento se vuelve rígidamente dicotómico, reduciéndose a extremos de blanco o negro. La capacidad humana natural para generar múltiples soluciones a un conflicto, imaginar un futuro distinto o pedir auxilio se desvanece por completo. La mente se encierra sobre sí misma y las opciones vitales se reducen trágicamente a dos únicos caminos concebibles: encontrar una solución mágica e inmediata al problema que genera el sufrimiento, o morir.
Dentro de esta visión de túnel, el acto suicida deja de ser visto como una locura irracional y adquiere un propósito terriblemente lógico para quien lo está sufriendo en carne propia.
Se convierte en la "solución" definitiva a un problema que percibe como irresoluble. Este problema crónico suele tener sus raíces en la frustración prolongada de necesidades psicológicas humanas fundamentales. Todo individuo necesita sentirse seguro, amado, capaz y con un sentido de pertenencia a su entorno social o familiar. Cuando una persona siente que estas necesidades vitales están bloqueadas de forma irreversible, o cuando siente que es una carga inasumible para sus seres queridos, el sufrimiento se magnifica exponencialmente. En su mente constreñida y atrapada, apagar la conciencia de forma definitiva parece ser el único remedio verdaderamente eficaz contra la frustración acumulada de su propia existencia.
Sin embargo, existe un elemento crucial que brinda una oportunidad invaluable para salvar una vida: la profunda ambivalencia. En casi todos los casos, la persona libra una feroz batalla interna. Una parte de su ser anhela escapar del dolor incesante muriendo, pero otra parte igualmente fuerte desea fervientemente ser rescatada, encontrar una salida real y seguir viviendo. Esta súplica por la comprensión exige empatía activa. Debemos validar el dolor subyacente sin juzgar y ayudar a expandir esa visión de túnel. Entender la mente suicida no significa nunca justificar la muerte como solución, sino reconocer la extrema vulnerabilidad de quien sufre, tendiendo una mano cálida y profesional en medio de la oscuridad absoluta.
Si tú o alguien cercano experimenta un dolor emocional extremo, busca ayuda inmediata. En Panamá esta la línea 147 y profesionales clínicos dispuestos a escucharte y brindarte un apoyo confidencial y seguro.
Salud Mental 1.0: Temperamento, Carácter y Personalidad
A menudo escucho en mi consulta frases como: “Ese niño tiene una personalidad fuerte” o “Mi hijo tiene un carácter difícil desde que nació”. Es muy común que las personas utilicen estas palabras de forma indistinta en el día a día. Sin embargo, cada uno de estos términos describe una parte muy específica de quiénes somos. Comprender la diferencia entre ellos no solo es tener un mejor vocabulario, sino una herramienta fundamental para el autoconocimiento y el crecimiento personal.
El temperamento es la base biológica de la personalidad. Está determinado en gran medida por la genética y los procesos neuroquímicos. Se manifiesta en los primeros meses de vida y se observa en la reactividad emocional y la autorregulación. No es algo que se “que se elige” o se “aprende”; es la tendencia innata a reaccionar de cierta forma ante los estímulos.
El temperamento genera una predisposición hacia ciertos comportamientos y se manifiesta a través de varias dimensiones innatas:
Nivel de actividad: Es la energía natural. Algunas personas son biológicamente más inquietas y veloces, mientras que otras son más pausadas y prefieren ritmos tranquilos.
Reactividad emocional: Define con qué intensidad y rapidez se responde a los estímulos. Puede que se experimenten emociones desbordantes casi al instante, o que se tengan respuestas más lentas y moderadas.
Sociabilidad: Es la tendencia innata hacia los demás. Determina si la persona se recarga de energía rodeado de gente o si, por el contrario, necesita soledad para recuperarse.
Adaptabilidad: La flexibilidad natural ante los cambios. Algunos fluyen con los imprevistos, mientras que otros necesitan rutinas estructuradas.
Umbral sensorial: La cantidad de estímulo necesaria para que se reaccione. Un umbral bajo implica hipersensibilidad a ruidos o luces; un umbral alto significa que se es más “impermeable” al entorno.
Regulación emocional innata: Es la capacidad natural para volver a la calma tras un momento de estrés o disgusto.”
A diferencia del temperamento, el carácter no nace, se hace. Es el conjunto de reacciones y hábitos que hemos adquirido a través de nuestras experiencias, la educación, la cultura y las normas sociales. Es donde entra en juego nuestra voluntad y la interacción con el entorno. El carácter es la capa que moldea el temperamento.
El carácter es la parte de nosotros que se adquiere mediante el aprendizaje, la cultura y la interacción social. Es el resultado de cómo nuestras experiencias de vida pulen y redirigen esas tendencias biológicas iniciales. Se construye a través de los siguientes elementos:
Valores y principios: Las brújulas morales (como la honestidad o la responsabilidad) que adoptamos de nuestra familia y sociedad.
Hábitos de comportamiento: Las conductas que, a base de repetición y disciplina, se convierten en nuestra forma habitual de actuar y resolver conflictos.
Estrategias de afrontamiento: Las herramientas psicológicas que aprendemos para manejar el estrés y las dificultades de la vida.
Actitudes ante la vida: La lente a través de la cual vemos el mundo, determinando si tendemos al optimismo, y cómo construimos nuestra autoestima.
Control de impulsos: La capacidad que desarrollamos (y entrenamos) para regular nuestras reacciones temperamentales más primarias, permitiéndonos reflexionar antes de actuar.
La personalidad es el conjunto estable de características biológicas y aprendidas que nos definen como individuos únicos. Esta combinación determina nuestra forma particular de pensar, sentir y actuar frente a las diferentes situaciones de la vida. La personalidad tiene un impacto directo en el comportamiento. Por ejemplo, define si uno es más responsable y estructurado, o si es más espontáneo y arriesgado. También en las relaciones sociales, influye en con quién uno se lleva bien, cómo se comunica y en el bienestar general al interactuar con el mundo.
En mi experiencia clínica, uno de los momentos más liberadores para un paciente ocurre cuando comprende esta distinción. A menudo utilizamos el yo soy así y no puedo evitarlo” como un mecanismo de defensa, escudándonos en la idea de que nuestra personalidad es una sentencia inamovible.
Sin embargo, entender que somos una mezcla entre lo dado (el temperamento) y lo construido (el carácter) nos devuelve el control. No podemos elegir la rapidez con la que nuestro sistema nervioso reacciona ante el estrés, ni si somos introvertidos o extrovertidos por naturaleza. Esa es nuestra base biológica y entenderla sin culpa es el primer paso de la autoaceptación. El trabajo psicoterapéutico radica en conocernos.
Podemos entrenar nuestra tolerancia a la frustración, cuestionar nuestras creencias limitantes, adquirir nuevas herramientas de comunicación y decidir cómo queremos responder ante aquello que nos altera.
La crianza que puede evitar tragedias: suicidio masculino y violencia sexual
Hay dos crisis de salud pública que rara vez se nombran juntas, aunque comparten una raíz común: los hombres mueren por suicidio a tasas alarmantemente más altas que las mujeres, y las mujeres enfrentan violencia sexual con una frecuencia que debería avergonzarnos como sociedad. Son tragedias distintas, con víctimas distintas, pero nacen del mismo lugar: una forma de criar a los varones que los desconecta de su mundo emocional desde muy pequeños.
Al niño se le enseña, de mil maneras explícitas y sutiles, que las emociones son debilidad. No llores. Aguanta. Los hombres no piden ayuda. El dolor se resuelve solo o se oculta. El valor propio viene del control, del estatus, de la conquista. Ese niño crece sin lenguaje emocional, sin modelos de vulnerabilidad, sin herramientas para procesar lo que le duele que no sean la rabia, el silencio o la acción impulsiva. El resultado se bifurca: algunos colapsan hacia adentro, en depresión y suicidio. Otros colapsan hacia afuera, en agresión y violencia. Dos expresiones distintas del mismo vacío.
Lo que previene ambas tragedias no son campañas de último momento ni charlas de sexualidad a los catorce años. Es algo más profundo, más cotidiano, más exigente: una crianza que nombre y valide las emociones desde temprano. No solo preguntar “¿estás bien?” sino “veo que estás frustrado, triste, asustado.” El vocabulario emocional que un niño aprende en casa es el que usará, o no podrá usar, cuando adulto necesite pedir ayuda o cuando enfrente un impulso que no sabe cómo manejar.
Igual de poderoso es lo que los adultos modelan. Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que se les dice. Un padre que admite que estuvo triste y buscó apoyo transmite algo que ninguna charla puede reemplazar. Una figura masculina que pide disculpas, que cuida, que llora, que va a terapia, está reescribiendo en silencio lo que significa ser hombre. La ausencia de esos modelos deja un vacío que la cultura llena con estereotipos peligrosos.
La educación en empatía y consentimiento tampoco empieza en la adolescencia. Empieza a en la niñez, en el juego, en el cuerpo, en los vínculos cotidianos. ¿El otro quiere esto? ¿Cómo crees que se siente? ¿Qué pasa cuando alguien dice que no? Estas preguntas, repetidas con constancia y sin dramatismo, construyen una arquitectura interna que más tarde hace la diferencia entre el respeto y la violación, entre buscar ayuda y desaparecer en silencio.
También importa cómo cuestionamos la masculinidad tóxica. Hay una diferencia crucial entre avergonzar a un niño por sus actitudes y ayudarlo a entender por qué ciertas ideas lo dañan a él y a quienes lo rodean. La vergüenza cierra. La comprensión abre. Un niño al que se le dice “eso está mal” aprende a ocultarlo. Un niño al que se le ayuda a entender aprende a transformarlo.
La evidencia de los programas de prevención más efectivos — tanto de suicidio como de violencia sexual, apunta siempre en la misma dirección: las intervenciones que funcionan son tempranas, sostenidas en el tiempo, involucran figuras masculinas significativas, y trabajan habilidades emocionales, no solo información. No son eventos únicos. Son culturas, entornos, familias, escuelas donde la emoción tiene lugar y el dolor no se ridiculiza.
La paradoja más importante de todo esto es esta: la crianza que protege a los varones de sí mismos es la misma que protege a las mujeres de ellos. No son agendas opuestas ni conversaciones separadas. Son la misma pregunta, vista desde dos ángulos: ¿qué le enseñamos a un niño que es, que siente, y que puede hacer con lo que le duele?
Cada uno de nosotros forma parte de esta respuesta. Como madres, padres, docentes, profesionales de la salud, familiares, vecinos. La pregunta no es si podemos cambiar esto, la evidencia dice que sí podemos. La pregunta es si estamos dispuestos a empezar por lo incómodo: revisar lo que enseñamos, lo que toleramos, lo que modelamos en silencio. Las tragedias que queremos evitar no ocurren de repente. Se construyen, año tras año, en lo pequeño y lo cotidiano. Y ahí mismo, en lo pequeño y lo cotidiano, también se previenen.
Estigma y Salud Mental
Estigma es cuando atribuimos una etiqueta de deshonra a una circunstancia específica, cualidad, o persona. En el caso de la salud mental, lo podemos observar a nivel individual en el lenguaje, o los calificativos que utilizamos para describir a las personas que sufren de algún trastorno emocional - que requiere ayuda de un psiquiatra o psicólogo -, cómo los tratamos con desdén o distancia, cómo les negamos oportunidades, a nivel de estado, cómo los gobiernos designan menos presupuesto para su investigación, prevención y tratamiento.
El estigma es reflejo de ignorancia y se inicia con la falta de conocimiento que genera creencias no científicamente comprobadas, lo que a su vez hace que se desarrollen prejuicios y discriminaciones. Por ejemplo, la idea de que todos los que sufren de enfermedades mentales tienden a ser inestables y violentos.
El miedo a ser discriminadas hace que las personas eviten comunicarles a sus allegados lo que están experimentando. Se les hace más difícil buscar ayuda profesional, lo que afecta en su recuperación. El sentirse mal y diferentes les hace separarse y sufrir solos. Por último, el no recibir tratamiento les dificulta relacionarse, ser productivos en su trabajo y, al paso del tiempo, les aumenta el riesgo de desarrollar complicaciones mayores y la conducta suicida.
El estigma nos afecta a todos. Lastimosamente, el estigma, los prejuicios y la discriminación están arraigados en las sociedades, y no se desarrollan suficientes campañas de educación sobre la salud mental y no se le da la importancia que se merece.
Otra muestra de estigma es el creer que la persona con dificultades de salud mental es responsable de lo que le ocurre y que debe poner de su parte para curarse. Por otro lado, si no se les culpa a ellos, se culpa a sus padres, quienes son vistos como malos o incapaces cuando la neurociencia nos enseña que la verdad es que muchas de las enfermedades mentales tienen un origen fisiológico como las enfermedades físicas, o un origen cognitivo. Nadie es juzgado por sufrir de artritis reumatoide o cáncer, muy por el contrario, a lo que ocurre en el caso de las enfermedades mentales cuando la enfermedad se llama depresión o trastorno de ansiedad. Si bien, existen dificultades emocionales que resultan de las interacciones con sus seres queridos, necesitamos ser empáticos con esos cuidadores que no tienen los conocimientos apropiados para ayudar a sus hijos a lidiar con la vida diaria y con sus emociones, ya que los padres de estos cuidadores tampoco tuvieron la oportunidad de adquirir los conocimientos necesarios para entender y contener las conductas de sus hijos. El apoyo y la educación son la solución, no el aislamiento o el juicio.
Patrick Corrigan, pionero de las investigaciones sobre estigma y sus efectos, dice que este debe ser enfrentado a través de un movimiento social importante y sostenido que comience con educar a la población en general sobre salud mental. ¿Por qué debemos erradicar el estigma de la salud mental? porque entender sus causas, los síntomas y los impactos no solo mejora la vida de quienes los experimentan, sino también la economía, la convivencia de las familias y la comunidad en general.
El estigma afecta cada esfera en la recuperación del individuo. Con frecuencia una vez establecido un diagnóstico y un plan de tratamiento lo que sigue lógicamente es el inicio de dicho proceso. Ahí claramente se manifiesta nuevamente y abruman preguntas como ¿qué significa ir a ver a un psicólogo o psiquiatra de manera regular? ¿Qué pasa si alguien se entera? ¿Qué van a pensar de mí o de mi familia? ¿Me afectará profesionalmente? Por esto, al recibir un diagnóstico de salud mental muchas veces la misma persona y sus familiares pueden sentirse “menos” o sentir vergüenza o culpa de algo que es tan producto del rejuego de la genética y el ambiente, como cualquier otra condición médica. Olvidan en ese momento que como puede fallar el corazón o una articulación, también ocurre así en la delicada química y el funcionamiento del cerebro humano.
Pasada esta etapa entonces el siguiente reto es el de tomarse el medicamento o medicamentos prescritos si esto es parte del tratamiento. Por ejemplo, a pesar de la información científica disponible hoy día que demuestra que un robusto 70% de las personas responden al primer tratamiento sugerido para el trastorno depresivo, las personas dudan mucho más en tomar estos que un antibiótico. Sin dejar de mencionar que precisamente por el estigma, se esconde con frecuencia o se interrumpe antes de tiempo. Cualquier malestar se le atribuye al medicamento, más allá de lo que puede ser un efecto secundario, que todos los medicamentos, no solo los psicofármacos pueden causar. Todo esto no hace más que poner en evidencia cómo el estigma perjudica un tratamiento que puede mejorar y salvar vidas.
La enfermedad o la falta de salud mental en el planeta es el causante de grandes pérdidas económicas y afecta de manera extraordinaria la calidad de vida de la gente, sin embargo, tiende a quedarse rezagado en los presupuestos a nivel global. En gran parte debido al estigma asociado a este tema. Es hablando, informándose, compartiendo a nivel personal y local que podemos romper con las ataduras y el miedo.
Nadie elige sufrir de ataques de pánico, depresión, trastorno bipolar o adicciones, mucho menos padecer de esquizofrenia. Así como un porcentaje de la población padece de hipertensión, diabetes o cáncer, así mismo otros son afectados por enfermedades neuropsiquiátricas; todas las enfermedades, visibles e invisibles, son parte de la vulnerable condición humana.
Cuando escuche que alguien batalla con temas de salud mental, ofrezca la misma comprensión y apoyo que daría ante cualquier otra condición médica. La química del cerebro no es tangible como sería un hueso fracturado, pero cuando se afecta, los resultados son tan dolorosos como tratables, no permitamos que el estigma añada más dolor a una situación médica que tiene tratamientos eficaces y basados en evidencia científica.
Crianza que salva vidas
Hay decisiones que se toman en la cocina, en el camino a la escuela, antes de dormir. Decisiones pequeñas, cotidianas, que no parecen tener peso pero que van formando, con el tiempo, la manera en que un niño aprende a estar en el mundo. La crianza no es solo alimentar y proteger: es también enseñar. Y una de las cosas más importantes que podemos enseñar, especialmente a los niños varones, puede, literalmente, salvar vidas.
Desde muy temprano, los niños reciben un mensaje implícito: las emociones son territorio femenino. Se les dice que no lloren, que sean fuertes, que se aguanten. Se normaliza que las niñas hablen de lo que sienten y se sanciona que los niños hagan lo mismo. El resultado, años después, es un adulto que no sabe qué hacer con lo que siente, que confunde tristeza con rabia, que interpreta la angustia como amenaza y responde con violencia o con silencio.
Lo que un niño necesita escuchar es algo diferente: que sentir miedo, tristeza, frustración o vergüenza no lo hace débil ni femenino. Lo hace humano. Las emociones no son un problema a eliminar; son información. Le dicen algo importante sobre lo que está viviendo. El enojo avisa que algo no está bien. La tristeza señala una pérdida. El miedo pide precaución. Aprender a leer esas señales, en lugar de apagarlas, es una habilidad que protege. A él y a quienes lo rodean.
Cuando un niño aprende a identificar lo que siente y a ponerle nombre, desarrolla la regulación emocional: la capacidad de atravesar una emoción intensa sin que esa emoción tome el control. Esa capacidad no se forma sola. Se forma en conversaciones concretas, cuando un adulto pregunta cómo estuvo el día y se queda a escuchar la respuesta. Cuando no se cambia el tema al primer signo de incomodidad. Cuando se modela, con el propio ejemplo, que sentir no es vergonzoso.
Hay otra idea que hace daño y que también se instala temprano: la de que un hombre que pide ayuda es un hombre que no pudo solo. Que necesitar a otros es señal de insuficiencia. Esta creencia tiene consecuencias graves y medibles. Los hombres consultan menos al médico, buscan ayuda psicológica con mucho más retraso que las mujeres, y enfrentan el sufrimiento en soledad hasta que ya no pueden más. Los datos sobre suicidio lo confirman de manera contundente: en la mayoría de los países, los hombres mueren por suicidio en una proporción de tres a uno respecto a las mujeres. No porque sufran más, sino porque han aprendido a pedir menos ayuda. El silencio que se les enseña desde niños tiene un costo real, y ese costo a veces es la vida.
Enseñar a un niño que pedir ayuda es un acto de inteligencia, no de debilidad, es una de las cosas más protectoras que una familia puede hacer. Que decir "no sé", "necesito apoyo" o "esto me supera" no lo disminuye: lo conecta con otros y abre puertas que el orgullo mal entendido cierra. Las personas que buscan ayuda cuando la necesitan tienen mejor salud mental, mejores relaciones y mayor capacidad para superar las crisis. No es una señal de fracaso. Es exactamente lo contrario.
El tercer tema es urgente. Los datos sobre violencia contra las mujeres son consistentes y graves: en la mayoría de los casos, el agresor es alguien cercano. Un compañero, un novio, un esposo. Un hombre que en algún momento fue un niño a quien nadie le enseñó a manejar su ira, ni a ver a la mujer como un igual. La crianza tiene algo que decir aquí. Un niño que aprende a regular sus emociones no necesita descargar su rabia en otro cuerpo. Un niño que entiende que el enojo es una señal, no una autorización, aprende a buscar otras salidas: alejarse, respirar, hablar, pedir ayuda. Y un niño que crece viendo a las mujeres de su familia ser tratadas con respeto aprende, sin que nadie se lo explique, que esa es la manera que se deben comportar.
Hay que decirlo también con palabras directas: las mujeres no le pertenecen a nadie. No son una extensión del hombre, no están ahí para absorber su frustración, no pierden su derecho al respeto dentro de una relación. Son personas completas, con su propio mundo interior, sus propias decisiones y su propia dignidad. Enseñar esto no es ideología: es la base mínima de una convivencia justa y saludable.
La crianza que salva vidas no es perfecta ni heroica. Es la que se hace todos los días, con paciencia y con intención. La que les enseña a los niños que llorar está bien, que pedir ayuda es valioso, y que el respeto no se negocia. Esos mensajes, sembrados a tiempo, cambian trayectorias. Y a veces, salvan vidas.
Crianza 1.0
Mucho se habla en Panamá de la chancleta y cuanto necesita un niño que hace “pataletas” una buena correa. La verdad es que lo que más necesitan los niños es ser entendidos y contenidos. Siempre me pregunto cómo estamos tan dispuestos a tratar de entender lo que necesita un bebé que llora y lo poco que lo intentamos cuando se vuelve niño y se “porta mal”. Las necesidades son las mismas: Alguien que le ayude a comunicar/nombrar lo que le pasa y a contener las emociones que resultan de lo que le ocurre. Lastimosamente, no vemos al niño igual que al bebé. Un bebé es visto como alguien que no tiene recursos y nos necesita y el niño como alguien que debe ser corregido. Si bien ambos necesitan ser educados desde el lenguaje, hasta la conducta apropiada, ninguno necesita ser amenazado y hecho sentir mal para enseñarle a ser un ser humano de bien.
Por ejemplo, la niña está jugando con bloques y esta se cae justo cuando está por terminar. La niña llora desconsolada y empieza a tirar las cosas. La madre empieza a tratar de controlar la conducta con amenazas de castigos. Si miramos detenidamente, lo que le sucede a la niña es que está desregulada, la frustración superó su capacidad para manejar la situación porque la vive como una catástrofe. Lo que necesita en ese momento es que la madre la ayude a entender y volver a regularse. Así se vería una respuesta más saludable: La madre conecta con la emoción de frustración de la niña, se acerca, ella calmada, se pone a su nivel y le dice, “uf que frustrante es que se caiga la torre” (nombra la emoción) y le ofrece un abrazo. Esto hace que la niña se sienta entendida, le ayuda a saber lo que le sucede y la vuelve a regular.
Con todo esto en mente, queremos iniciar una serie de artículos sobre crianza saludable y aunque sabemos que este tema puede traer varias opiniones, queremos compartir con ustedes recomendaciones basadas en estudios que indican qué practicas de cuidado, protección y educación tienen mayor probabilidad de ayudar a los niños a conocerse, aprender a regular sus emociones y por ende sus conductas.
La Dra. Becky Kennedy, psicóloga clínica y autora del libro Good Inside, propone cambiar la manera que vemos a los niños y sus conductas. Los niños no se portan mal porque son malos, sino porque aún no tienen las herramientas emocionales para manejar lo que sienten.
El centro de su filosofía es lo que ella llama ser un “ancla firme y cálida”. Ni la autoridad rígida que solo impone sin conectar, ni la permisividad que cede para evitar el conflicto.
Los niños necesitan dos cosas al mismo tiempo: Límites claros que les den estructura, y una conexión emocional que les dé seguridad. Cuando esas dos cosas coexisten, el vínculo entre padres e hijos se vuelve el lugar más seguro del mundo para el niño. Uno de sus principios más prácticos es validar antes de corregir. Antes de explicar, razonar o poner el límite, el niño necesita sentir que su emoción fue vista. Decir “entiendo que estás enojado” no significa ceder. Significa que el niño no tiene que pelear para ser escuchado. Solo después de esa validación, el mensaje del padre realmente llega. Kennedy es también muy clara sobre los límites: No se negocian, pero sí se explican. Un padre puede decir “no te voy a dejar pegar” con total firmeza, y al mismo tiempo reconocer “puedes estar enojado, eso está bien”. La emoción es bienvenida. La conducta dañina no. Esa distinción es fundamental, porque le enseña al niño a separar lo que siente de lo que hace.
Otro punto que distingue su enfoque es la reparación. Cuando un padre pierde la calma, grita o reacciona de una forma que no le gusta, Kennedy invita a volver y hablarlo con el hijo: “Perdí la calma y no estuvo bien, lo siento”. Lejos de debilitar la autoridad, este gesto modela exactamente lo que se le quiere enseñar al niño: hacerse responsable de las propias emociones.
Finalmente, la Dra. Kennedy insiste en que el amor nunca debe usarse como herramienta de control. El silencio afectivo, ignorar al niño o retirar el cariño como castigo dañan el vínculo y le enseñan al niño que el amor es condicional. El vínculo debe sentirse seguro siempre, especialmente en los momentos difíciles. Como ella misma resume: “Tu trabajo no es controlar a tu hijo, es conocerlo y ayudarlo a conocerse”
Salud Mental 1.0: Normal vs. Saludable
Muchas veces tenemos la tendencia de usar “normal” y “saludable” como sinónimos,
pero en psicología y en salud mental son conceptos muy diferentes. Lo “normal” se
refiere estrictamente a una norma estadística: a lo que le ocurre a la mayoría de las
personas o lo que está socialmente aceptado. Lo “saludable” se refiere a la
funcionalidad; a lo que nos permite funcionar de manera óptima.
Toda emoción, pensamiento, conducta y/o límite que promueva equilibrio, y capacidad
de gestión, afrontamiento y disfrute es saludable y beneficioso para la salud mental.
Siempre me meto en problemas con este ejemplo, pero me parece que es bueno para
entender estas diferencias: Lo normal en Panamá es ofrecer bebidas alcohólicas en las
fiestas de quince años a los invitados menores de edad. (Ya sabes para dónde voy…)
Es claro que esto no es saludable (tampoco legal), pero es normal. Este fenómeno de
la “normalidad tóxica”; se extiende a otros ámbitos. Por ejemplo, es “normal” vivir
estresado, dormir cuatro horas y almorzar frente a la computadora porque “hay mucho
trabajo”. Socialmente, esto incluso se aplaude como señal de compromiso. Pero ¿es
saludable? Para nada. El hecho de que “todo el mundo lo haga” no significa que le
haga bien.
En cuanto al tema de la salud mental, estar saludables no lo indica el hecho de estar
libre de enfermedades o diagnósticos, sino el tener capacidades. Recordemos la
definición de salud mental de la OMS: “estado de bienestar mental que nos permite
enfrentar a los momentos de estrés de la vida, desarrollar nuestro potencial, aprender y
trabajar adecuadamente y contribuir a la comunidad”. Si lo vemos desde la parte física,
estar sano no es solo no tener una enfermedad; es tener la capacidad de usar nuestro
cuerpo de manera óptima. En salud mental el estar sano es tener una actitud positiva
hacia la vida, a pesar de las dificultades que pueda tener, sentirse bien acerca de sí
mismos y los demás y actuar de manera responsable en las relaciones y el trabajo.
Además, una persona saludable no es aquella que siempre sea positiva y sonriente, y
jamás tenga problemas o estrés; es la que tiene la capacidad de ser flexible
psicológicamente. Los siguientes son rasgos que una persona emocionalmente
saludable puede poseer:
1. Resiliencia: La capacidad para lidiar con las adversidades de la vida y seguir
adelante y/o adaptarse a la realidad. (Ej.: La vida te golpea con la pérdida de un
ser querido; te duele, tomas un tiempo para hacer tu duelo y luego vuelves a tu
vida diaria)
2. Regulación emocional: El poder sentir la gama de emociones, regulándolas sin
reprimirlas. (Ej.: Estás enojada y decides cómo responder, dejando de lado la
reacción impulsiva)
3. Autonomía: La capacidad de tomar decisiones o tener opiniones sin necesitar la
aprobación de los otros.
4. Percepción de la realidad: La capacidad de ver las cosas desde la realidad y
sentir que vale la pena intentar hacer lo que se pueda. (Ej.: Si lo más probable
es que llueva, aunque mate por un día soleado, voy a llevar mi paraguas y por lo
menos no me mojo).
5. Establecimiento de límites: El saber decir no sin culpa y entender que poner
límites no es un acto de egoísmo, sino de autocuidado para proteger la energía y
el espacio mental.
6. Autocompasión: El tratarse a uno mismo con amabilidad cuando fallamos (a
diferencia de la autoestima, que a veces depende de logros); ser ese buen
amigo para uno mismo al cometer un error, en lugar de ser nuestro juez más
severo.
El camino hacia la salud mental comienza cuando nos atrevemos a cuestionar lo
normal. Hace falta valentía para mirar nuestras costumbres, nuestras rutinas y nuestras
relaciones y preguntar: “Esto es lo que hace todo el mundo, pero ¿me hace bien a
mí?”.
Toda emoción, pensamiento o conducta que promueva tu equilibrio y tu paz mental es
saludable, aunque nadie más a tu alrededor lo esté practicando. La invitación de hoy es
simple: deja de intentar ser normal y empieza a priorizar ser saludable.
Salud Mental 1.0: Mitos y realidades
He estado pensando de qué manera estos escritos podrían ser de mayor ayuda y lo que he decidido es darle un poco de orden y continuidad. A partir de hoy y por algunas semanas quisiera compartir con ustedes información base sobre la salud mental. La razón es que 1 de cada 4 personas sufre de alguna enfermedad mental en algún momento de su vida. Hoy en día la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que 450 millones de personas tienen alguna dificultad de salud mental y la detección temprana es la mejor manera de prevenir situaciones de riesgo.
La Organización Mundial de la Salud (OMS), define la salud mental como un estado de bienestar mental que nos permite enfrentar a los momentos de estrés de la vida, desarrollar nuestro potencial, aprender y trabajar adecuadamente y contribuir a la comunidad. Una persona con buena salud mental y emocional puede funcionar utilizando las habilidades que posee según la etapa de vida en la que se encuentra. Por ejemplo: un niño de cinco años podría ir a la escuela, aprender lo que la maestra le enseña y relacionarse con sus compañeros; un adulto de treinta y cinco años podría trabajar de manera productiva, ser responsable de sus acciones y relacionarse con amigos y compañeros.
Mi definición preferida es la de Sigmund Freud. Él decía que una persona emocionalmente saludable es la que puede trabajar, jugar y amar. Con esto él quería decir que se puede aprender, poner en acción lo aprendido, disfrutar de la vida, tener sentido del humor y fortaleza para lidiar con las dificultades, el estrés y los duelos. Sobre la capacidad de amar, decía que es tener relaciones familiares, de amistades y de pareja de manera saludable. Con estas definiciones podemos observar que la salud mental incluye lo cognitivo, lo conductual, lo emocional y lo social.
Algunos de los mitos de la salud mental son:
1. Tener problemas de salud mental significa estar loco: Falso. Sufrir de un trastorno mental no significa estar loco, significa que se tiene una enfermedad provocada por factores genéticos, sociales, ambientales y/o biológicos, y que en la mayoría de los casos puede tratarse exitosamente. Las personas con trastornos mentales deben ser tratadas de manera respetuosa y digna.
2. Las personas no tienen enfermedades mentales, solo quieren llamar la atención: Falso. El sufrimiento de una persona con dificultades en su salud mental es real y debe ser atendido. Está comprobado que el sufrimiento emocional prolongado, complica los cuadros y compromete la vida de estas personas.
3. Para curarse se necesita voluntad, pensamientos positivos y oración: Si bien la fe es importante para muchas personas, los padecimientos de salud mental son enfermedades que deben ser tratadas por los profesionales idóneos. La voluntad, la fe y el positivismo pueden ser factores de protección que nos ayudan en el proceso de mejoría mas no son el tratamiento indicado.
4. Las personas con enfermedades mentales son violentas e impredecibles: Falso. Padecer de un trastorno mental no significa ser violento ni peligroso. Este estigma causa mucho daño, pues la persona que padece el trastorno se aísla por temor a ser percibida como violenta y agresiva y las personas de su entorno la evitan o rechazan por temor.
5. La enfermedad mental es un signo de debilidad: Falso. Muchas personas padecen trastornos mentales y evitan buscar ayuda por miedo a ser percibidas como débiles o se sienten incapacitadas por su enfermedad. El sufrir de una enfermedad mental no tiene nada que ver con un carácter débil. Muy por el contrario, buscar ayuda es señal de fortaleza del individuo.
Acabar con estos mitos es el primer paso para construir una sociedad más empática y saludable. Si recordamos la definición de Freud, la meta es recuperar nuestra capacidad de “trabajar, jugar y amar”. No permitamos que creencias falsas o el miedo al “qué dirán”; nos alejen de esa plenitud.
La salud mental no es un lujo: es una parte esencial de nuestra humanidad. Les invito a reflexionar esta semana sobre estos mitos y a observar si alguno de ellos ha rondado por sus pensamientos. En la próxima entrega profundizaremos más en las señales de alerta y cómo dar los primeros pasos hacia el bienestar.
El arte de Validar la experiencia emocional
Cuántas veces hemos experimentado una situación difícil o nos hemos sentido tristes, abrumados o bravos y, al compartir nuestras emociones con un ser querido, la respuesta es: “No te sientas así”, “Todo pasa por algo y quizá fue mejor para ti” o “Todo va a estar bien, olvídate de eso” … Todas estas respuestas son ejemplos de invalidación. La mayoría de las personas responden así con buenas intenciones: para hacernos sentir mejor o para ayudarnos a ver otra perspectiva. Otras lo hacen porque les afecta vernos sufrir y necesitan sacarnos de la emoción lo más rápido posible, o por temor a que, al validar nuestras emociones, pensemos que están validando nuestra conducta u opinión. La realidad es que estas respuestas no solo no ayudan; hacen daño a quien las recibe y a la relación entre los interlocutores.
La Dra. Marsha Linehan, quien ha estudiado la validación y sus efectos por años, define el acto de validar como recibir la experiencia emocional del otro con entendimiento, legitimidad y aceptación. La validación no busca cambiar la experiencia emocional del otro; busca resaltar la experiencia para facilitarle a la persona la aceptación de sus emociones y cómo las experimenta. A la vez, la ayuda a regular sus emociones porque promueve espacios seguros de conversación, entendimiento y conexión. Lo que a disminuye la frecuencia, intensidad y duración de la desregulación. Por último, fortalece y mejora las relaciones entre padres e hijos, parejas y amigos. Los estudios indican que la invalidación hace que quien la recibe se sienta castigado, avergonzado, no escuchado o no entendido. Todo esto altera más la respuesta emocional y la relación.
¿Cómo se aprende a validar? Comenzamos por escuchar activamente la experiencia del otro. Por ejemplo, si estamos en un lugar con alguien que dice “tengo calor” y nosotros pensamos “yo no”, ambas experiencias son válidas porque cada uno tiene su propia percepción de la temperatura. Así mismo pasa con las emociones: lo que para nosotros es fuerte, difícil o agradable, puede ser diferente para el otro. Validar no niega nuestra experiencia o nuestra opinión, ni indica que el otro tiene la razón; solo comunica: “Puedo ponerme en tu lugar, entenderte y aceptar tu experiencia como real para ti”.
Lo siguiente es nombrar y reconocer las emociones del otro: “Veo que estás muy frustrado”; “Puedo entender que lo que acaba de suceder te afectara de esa manera”. Reflexionar en las palabras del otro nos ayuda a poder validar: “Lo que escucho es que estas desilusionado porque no recibiste lo que querías, ¿es así?”.
Un punto muy importante es no tratar de validar y enseñar a la vez. Si decimos “Entiendo que te sientas así, PERO…” El “pero” invalida la idea anterior. Debemos poner un espacio entre validar y el tratar de aclarar, ya que las respuestas emocionales no son lo mismo que las conductas. Si estamos en una tienda y le decimos a nuestro hijo: “No vamos a comprar juguetes hoy” y empieza a llorar, podemos decirle: “Puedo entender cuánto te molesta que te diga que no y puedes expresármelo” y a la vez mantener el límite de no comprar el juguete. Así mismo con adultos: “Veo que mis palabras han causado una respuesta de dolor en ti y lo lamento. A veces el no estar de acuerdo puede ser doloroso”.
Integrar la validación en nuestro día a día requiere un cambio de perspectiva consciente: dejar de intentar "arreglar" las emociones ajenas para empezar a acompañarlas. Como nos enseña el trabajo de la Dra. Linehan, validar no significa estar de acuerdo con una conducta ni renunciar a nuestros propios límites, sino ofrecer un espacio seguro donde la experiencia del otro sea recibida con legitimidad y sin juicios. Al evitar el "pero" inmediato y reconocer que la realidad emocional de cada persona es única y válida, transformamos el conflicto en conexión. Practicar esta escucha activa, nombrando y reconociendo el sentir del otro, no solo disminuye la intensidad del malestar y evita la vergüenza; también ayuda a la regulación de las emociones y construye puentes de confianza que fortalecen profundamente nuestros vínculos con hijos, parejas y amigos.
El poder de los 8 minutos: Cómo conectar de verdad en tiempos de prisa
En pocos días vienen las fiestas de fin de año. Para algunos, esto significa alegrías y conexión; para otros, estrés económico y ansiedad creada por relaciones difíciles o soledad por falta de seres queridos.
Simon Sinek nos habla del impacto significativo que tiene el dedicar tiempo a quienes nos rodean, incluso unos minutos al día. Así surgió el concepto de “ocho minutos de conexión”: se ha visto que el vínculo humano, incluso en momentos breves de atención y aprecio, puede fomentar cercanía y confianza, cambiando radicalmente el estado de ánimo de las personas. La idea central es que las relaciones fuertes se construyen en pequeños actos de consideración y presencia, lo que puede transformar tanto la vida personal como la laboral. Esta premisa no es solo anecdótica; la ciencia la respalda. Existen teorías como la de la "resonancia positiva" de la Dra. Barbara Fredrickson, que demuestra cómo incluso una interacción breve pero genuina sincroniza nuestra biología y libera oxitocina, reduciendo el estrés casi de inmediato. Asimismo, el Estudio de Harvard sobre la felicidad introduce el concepto de "fitness social": al igual que los músculos, los vínculos necesitan ejercicios breves y constantes para mantenerse sanos. Esto se alinea con los hallazgos de los doctores Gottman en parejas, quienes observaron que responder a las "ofertas de conexión" —esos pequeños llamados de atención cotidiana— tiene un impacto mucho más significativo en la estabilidad emocional que los grandes gestos esporádicos.
En los tiempos en los que vivimos, donde estamos sumamente ocupados y “conectados” por la tecnología, los seres humanos podemos sentirnos paradójicamente aislados. La idea de conectar por ocho minutos ofrece un enfoque eficaz para promover vínculos más completos. Ocho minutos alcanzan para entender el estado de ánimo de nuestro interlocutor y dejarle saber que le tenemos en mente, sin la presión de tener que resolver problemas complejos y sin sentir que requiere una inversión inmensa de nuestro día.
¿Y cómo se ve esto en la práctica? Pensemos en Elena, una ejecutiva y madre de dos hijos. Por fuera parece tener todo bajo control, pero por dentro siente una ansiedad galopante por los gastos y la logística familiar. Normalmente, Elena no llamaría a su mejor amiga porque "no tiene tiempo para una hora de café" y no quiere molestar. El cambio con los 8 minutos: Elena envía un mensaje previo: "¿Tienes 8 minutos para hablar? Necesito escuchar una voz amiga". Se llaman. Durante esos 8 minutos, Elena se desahoga sobre el estrés de la cena navideña sin esperar que su amiga le solucione la vida. Su amiga escucha y valida su esfuerzo. Al colgar, Elena no tiene menos trabajo, pero su batería emocional se ha recargado y ya no se siente sola frente al reto.
Es importante subrayar que el objetivo de esta práctica es interactuar brevemente para aliviar el sentimiento de soledad. El solo hecho de saber que hay alguien dispuesto a dedicarte tiempo es una fuente de alivio. Sin embargo, sabemos que hay personas que necesitarán más que eso. Brindar apoyo en dificultades profundas toma más tiempo, pero iniciar con pocos minutos siembra una excelente rutina de regulación emocional.
En caso de que la persona necesite más tiempo o apoyo, te recomiendo: En caso de que la persona necesite más tiempo o apoyo te recomiendo: No cortar la conversación abruptamente. Di algo como: "Lo que me cuentas es muy importante y quiero darte la atención que mereces. ¿Te parece si nos tomamos un café el sábado y hablamos con calma?". En situaciones de crisis, a veces no se necesitan consejos, sino presencia. Dedica tiempo a escuchar sin juzgar y sin interrumpir, validando las emociones. Si el problema excede tu capacidad de ayuda (como depresión profunda o ansiedad severa), sugiere gentilmente buscar ayuda profesional, recordándole que pedir ayuda es un acto de valentía, no de debilidad.
En esta época de fiestas, o en cualquier momento del año, te invitamos a dedicar, como mínimo, ocho minutos para dar o solicitar apoyo. Este pequeño gesto puede acercarnos de manera más profunda y humana, fortaleciendo nuestras conexiones y promoviendo un verdadero sentido de comunidad.
De la certeza al descubrimiento
Te ha pasado que al conversar con una persona intentas que vea otra perspectiva y se te hace imposible; aunque le das hechos que comprueben lo que le dices, no cambia lo que cree. Es que las creencias están más arraigadas emocionalmente en uno que los hechos.
Hay varias definiciones para las creencias: La manera que nuestro cerebro le da sentido a el mundo a nuestro alrededor. Representaciones mentales de las maneras que nuestro cerebro espera que se comporten las cosas en nuestro ambiente y cómo debemos relacionarnos con ellas. Algunos dicen que las creencias son las fórmulas que usamos para un aprendizaje eficiente y que son esenciales para sobrevivir. Por ejemplo, “Si anticipo todo lo malo que puede pasar, me mantengo a salvo.” En realidad, anticipar constantemente nos mantiene en estado de alerta y esto afecta nuestra salud emocional y física.
¿Cómo se forman las creencias? Los seres humanos conocemos el mundo que nos rodea a través de nuestros sentidos, lo que hace que sea difícil pensar que nuestra percepción sea subjetiva y tenga distorsiones. Ya por ahí empezamos a tener información que no es totalmente válida. Se dice que la a cantidad de información que recibimos en cada momento es el equivalente de entre diez y once millones de bits por segundo, nuestro cerebro tiene que filtrar esta información para que podamos utilizarla y el cerebro lo hace más por la eficiencia que por la exactitud. Cuando recibimos información nueva, el cerebro la compara de inmediato con esquemas previos para evaluar su coherencia, o sea, si encaja con lo que ya “sabemos” o esperamos, pondera la credibilidad de la fuente, ¿Es experta, cercana, confiable, consistente en el tiempo? y estima su utilidad práctica: ¿Me sirve para predecir, decidir o actuar? Este “triage” cognitivo no es neutral: Las emociones modulan la evaluación desde el inicio. El agrado, familiaridad, recompensa, afinidad con nuestra identidad o grupo, facilita la aceptación y el recuerdo; la amenaza, miedo, ansiedad, implicaciones de pérdida o riesgo para el estatus, activan defensas como el escepticismo, la racionalización o el rechazo. Así, una misma evidencia puede ser integrada, cuestionada o descartada según cuánto confirme nuestros modelos mentales, cuán confiable percibamos al emisor y qué costos o beneficios emocionales y prácticos anticipemos al incorporarla.
Poner a prueba nuestras creencias es valioso porque mejora la precisión con la que entendemos el mundo y, por tanto, la calidad de nuestras decisiones. Reduce distorsiones y errores costosos, nos hace más adaptables ante cambios, fortalece el aprendizaje y la creatividad, y evita quedar atrapados en ideas obsoletas. También favorece la humildad intelectual, disminuye la polarización y mejora las relaciones, porque debatimos con más respeto y evidencia.
¿Cómo podemos hacer para batallar contra las fuerzas que nos hacen arraigarnos a nuestras creencias y abrir un espacio para comprobar si son valida o no y así aprender algo nuevo y valido? Para desafiar el apego a nuestras creencias, conviene crear un “laboratorio” personal de verificación: Primero regula la emoción, respira, nombra lo que sientes y recuerda que no eres tus ideas. Plantea preguntas socráticas, “¿Qué evidencia me haría cambiar?”. Debate contigo mismo, intenta reconstruir la mejor versión de la postura opuesta y busca activamente datos que refuten tu posición, no solo los que la confirmen. Diversifica fuentes y voces, incluye expertos con credenciales y personas que piensen distinto, anota tus predicciones y revisa resultados para calibrarte, y realiza experimentos pequeños y reversibles en la vida real que pongan a prueba tus hipótesis; así reduces sesgos, abres espacio a lo nuevo y aprendes de forma confiable sin poner en riesgo tu identidad ni tus relaciones.
Como señalan Hugo Mercier y Dan Sperber en el libro “The Enigma of Reason”, en contextos donde la supervivencia era prioritaria nuestra razón evolucionó menos para descubrir la verdad en solitario y más para justificar y ganar argumentos en lo social. Por eso, cambiemos el propósito: En vez de debatir para vencer, dialoguemos para comprender; sustituyamos el impulso de defender identidades por el esfuerzo de contrastar hipótesis en conjunto. Así honramos cómo funciona realmente la mente humana y abrimos un espacio donde las creencias pueden actualizarse con respeto, evidencia y aprendizaje mutuo.
¿Para qué sirven las emociones?
Antes de responder, te invito a reflexionar: ¿qué son las emociones y los sentimientos? ¿Parecen iguales? ¿Cuántas conoces? ¿Puedes reconocer las que experimentas en tu día a día? Muchas veces, confundimos estos conceptos y los usamos indistintamente, pero en realidad tienen diferencias importantes que afectan cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
Las emociones son respuestas físicas y psicológicas inmediatas, automáticas, intensas y de corta duración. Se activan en respuesta a estímulos, ya sean internos o externos, y nos preparan para actuar. Por ejemplo, sentir miedo ante un peligro, alegría por una buena noticia, tristeza por una pérdida o sorpresa por algo inesperado son todas emociones. Estas reacciones suelen venir acompañadas de cambios en nuestro cuerpo: el corazón late más rápido, la respiración se acelera, las palmas sudan o se nos eriza la piel. Son respuestas que ocurren en nuestro sistema nervioso y que tienen una función evolutiva: alertarnos, protegernos o preparar nuestro cuerpo para una acción.
Por otro lado, los sentimientos son las interpretaciones, valoraciones o significados que damos a esas emociones. Es decir, después de experimentar una emoción, nuestro cerebro analiza y le asigna un sentido a esa reacción. Por ejemplo, después de sentir miedo, podemos pensar que estamos en peligro, o después de sentir alegría, podemos interpretar que algo positivo nos está sucediendo. Es en este proceso interno donde surgen sentimientos como amor, gratitud, nostalgia o inseguridad. Estos productos de nuestra mente y de nuestra historia personal se desarrollan en un plano más duradero y consciente.
Un ejemplo claro puede ser la alegría: la emoción en sí misma puede surgir al recibir una buena noticia, pero si luego pensamos que merecemos esa alegría o que no la merecemos, el sentimiento puede transformarse en gratitud, satisfacción o incluso orgullo. En cambio, una emoción como el miedo puede convertirse en inseguridad si interpretamos que no tenemos control sobre una situación o en ansiedad si nos preocupa el futuro.
El reconocimiento de nuestras emociones y sentimientos no solo nos aporta autoconciencia, sino también herramientas para gestionar nuestras vidas. Nombrar una emoción, reconocerla sin juicios, es el primer paso para aprender a manejarlas. Sin embargo, muchas veces evitamos sentir porque algunas emociones o sentimientos nos parecen incómodos o dolorosos. La incomodidad es en realidad una aliada; nos indica que algo en nuestra vida necesita atención o cambio, como cuando sentimos ardor en la mano y movemos la mano del fuego, tanto literal como simbólicamente.
Una de las principales dificultades para conectar con nuestras emociones es la falta de auto conocimiento. Muchas personas no saben cómo identificarlas o nombrarlas, ya sea porque nadie les enseñó o porque las normas sociales lo fomentan. En culturas machistas, por ejemplo, a los hombres se les enseña a reprimir sus emociones para parecer fuertes, lo que impide entender qué sienten realmente. Esta represión puede derivar en problemas de salud mental y dificultades en las relaciones interpersonales.
Además, las emociones y los sentimientos son complejos y muchas veces vienen mezclados o contradictorios. Podemos sentir miedo y amor al mismo tiempo, o tristeza y esperanza. Este entrelazamiento hace que sea difícil entenderlas y nombrarlas con precisión. La clave está en la paciencia y en la curiosidad por observarnos sin juzgarnos. Podemos comenzar por explorar las sensaciones físicas en nuestro cuerpo: ¿tengo tensión en los hombros?, ¿siento un hueco o pesadez en el estómago? Estas señales físicas son la puerta de entrada para entender lo que nos pasa emocionalmente.
Una estrategia útil es activar nuestro sistema nervioso: una ducha caliente, escuchar música o realizar respiraciones profundas puede ayudarnos a conectarnos con las sensaciones en el cuerpo. También es fundamental rodearnos de espacios y personas que nos brindan seguridad, confianza y aceptación, ya que eso facilita abrirse y aceptar nuestras emociones sin miedo.
En algunas ocasiones, las herramientas del autoconocimiento no son suficientes y puede ser recomendable buscar ayuda profesional. Un terapeuta puede acompañarnos en el proceso de entender y gestionar nuestras emociones, facilitando así una vida emocional más saludable.
Las emociones y los sentimientos cumplen funciones esenciales en nuestra vida. Nos alertan, nos motivan, nos conectan con nuestro interior y con los demás. Nos ayudan a comprender quiénes somos y qué estamos viviendo en ese momento. Reconocer y nombrar nuestras emociones nos da autonomía para decidir cómo responder a ellas y aprender a vivir en armonía con nuestro mundo interno. En un proceso consciente, podemos transformar las emociones incómodas en oportunidades de crecimiento y autodescubrimiento. La clave está en aceptar que sentir, en toda su diversidad, es parte de nuestra condición humana y que cada emoción tiene un propósito valioso para nuestro bienestar.
El poder invisible de la salud mental: Equilibrio interno, impacto externo.
Algunas personas dicen que el tema de la salud mental está de moda, yo quisiera pesar que luego de lo que hemos vivido en los últimos años, hemos aprendido a reconocer el valor que tiene tener conciencia de la salud mental y sus efectos.
Un ejemplo es en al ámbito labora donde las estadísticas son bastante claras. La Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que un sesenta por ciento de la población mundial trabaja y que quince por ciento de estos tiene alguna afectación de su salud mental, causando 12 millones de días de trabajo perdidos, lo que causa una perdida de un billón de dólares al año. Creo que vale la pena prestar atención entonces.
El trabajo aporta mucho más que un salario: según la OMS, ofrece propósito, estructura, redes sociales y oportunidades de desarrollo que favorecen la salud mental y la inclusión. Para personas con dificultades emocionales, disponer de un empleo decente puede ser un factor clave de recuperación: mejora la confianza, el funcionamiento y la participación social. Esta relación es ambas direcciones: la salud mental influye de forma decisiva en la productividad y en la calidad del trabajo, por lo que convertirla en prioridad organizacional es tanto un imperativo humano como una excelente inversión.
¿Por qué las afecciones a la salud mental afectan tanto en el ámbito laboral? Porque estas afectan las capacidades de pensar, sentir y actuar esenciales para el desempeño de los colaboradores. La ansiedad y la depresión pueden reducir la atención, la memoria y la velocidad de procesamiento; la fatiga emocional disminuye la iniciativa y la creatividad; y la desregulación de las emociones afecta la toma de decisiones y la resolución de problemas. Cuando una persona no se siente bien es probable que se ausente, o que acuda al puesto, pero con rendimiento reducido, lo que a la postre provoca más errores, menor innovación y mayor rotación en los puestos de trabajo. Conocer estos mecanismos es vital para diseñar respuestas que apoyen a las personas y protejan a la organización.
Detectar quiénes necesitan ayuda es el primer paso. Entre las señales figuran la preocupación constante, lo síntomas somáticos (dolores de cabeza, enfermedades continuas), tristeza persistente, cambios emocionales abruptos, alteraciones del sueño, fluctuaciones de peso o apetito, retraimiento social, consumo de sustancias, sentimientos intensos de culpa o inutilidad, y cambios continuos en comportamiento o pensamiento. No todo malestar quiere decir que existe un trastorno clínico: la diferencia clave está en la intensidad, la duración y el impacto funcional. Un “mal momento” suele resolverse en días o semanas y no impide cumplir con las responsabilidades; un trastorno implica síntomas persistentes que limitan el trabajo, las relaciones y el autocuidado, y requieren evaluación profesional.
Ante este panorama, las empresas deben implementar intervenciones integrales y sostenidas, como programas de bienestar y apoyo y referir a profesionales de la salud mental, pausas activas, flexibilidad laboral que facilita la conciliación y reduce el estrés por conflicto trabajo‑vida.
Reducir el estigma es imprescindible para que las medidas lleguen a quienes las necesitan. Campañas de sensibilización, liderazgo que modele la búsqueda de ayuda, y formación en inteligencia emocional favorecen un clima de respeto y confianza. Las políticas deben proteger la confidencialidad y garantizar procesos no punitivos para quienes soliciten apoyo.
Apoyar a colaboradores con afectaciones a la salud mental exige políticas claras, acceso real a servicios profesionales, acompañamiento práctico y seguimiento continuo. No se trata de resolver clínicamente desde la empresa, sino de crear rutas seguras para la detección, la derivación y la recuperación, con respeto, confidencialidad y responsabilidad.
La salud mental es un poder invisible que sostiene la capacidad productiva y la resiliencia organizacional. Integrada como estrategia, permite recuperar el equilibrio interno de las personas y producir un impacto externo tangible: mayor creatividad, mejor decisión, equipos más colaborativos y una empresa más sostenible. Invertir en la salud mental de las personas no es un gasto: es construir la base humana sobre la que descansa cualquier resultado sostenible.
¿Por qué los hechos no cambian las creencias?
El procesamiento selectivo, o sesgo de confirmación, hace que las personas busquen, recuerden e interpreten la información que confirma sus ideas previas y descarten la información contradictoria. Este filtro cognitivo dirige la atención y la memoria según expectativas existentes; por ejemplo, alguien que cree en una terapia alternativa recordará testimonios favorables y minimizará estudios científicos que la contradigan. Para contrarrestarlo conviene presentar evidencia equilibrada y contextualizada, usar fuentes que la persona ya considere confiables e invitar a explorar la información de forma conjunta en lugar de imponerla.
Las creencias cumplen una función emocional: regulan seguridad, esperanza o sentido. Un hecho que las contradiga puede provocar angustia porque pone en riesgo esa función adaptativa. Por ejemplo, la creencia de que “el mundo es justo” reduce la ansiedad; mostrar datos sobre injusticia sistémica puede generar desasosiego. Antes de presentar hechos, es útil validar la dimensión emocional de la creencia y ofrecer alternativas que preserven cierta seguridad emocional, como acciones concretas o pasos posibles para abordar la nueva información.
La identidad y la pertenencia social también sostienen las creencias. Para muchas personas, cambiar de opinión implica perder estatus o conexión con su grupo, lo que genera resistencia aún frente a evidencia sólida. En estos casos, es más efectivo introducir el cambio a través de referentes creíbles dentro del propio grupo, fomentar diálogos en entornos seguros y demostrar que actualizar una opinión no obliga a renegociar por completo la identidad personal o comunitaria.
La disonancia cognitiva aparece cuando la nueva información contradice una creencia central; para reducir el malestar, la persona a menudo reinterpreta los hechos en lugar de cambiar la creencia. Por ejemplo, alguien que descubre que su marca favorita contamina puede minimizar el problema o buscar justificaciones para seguir consumiéndola. Abordar la disonancia requiere facilitar un proceso gradual de reflexión mediante preguntas socráticas, ayudar a reconectar valores y conducta, y proponer pasos pequeños y concretos que permitan integrar la nueva información sin desborde emocional.
La fuente y la confianza son determinantes: la credibilidad del mensajero influye más que el contenido. Un dato presentado por alguien percibido como hostil al interlocutor suele ser rechazado; en cambio, la misma información comunicada por una figura respetada o cercana tiene mayor impacto. Por ello, resulta prudente presentar evidencias a través de voces aceptadas por la persona, usar testimonios neutrales o pares, y construir puentes de confianza antes de exponer datos contradictorios.
La complejidad y la ambigüedad de la evidencia dificultan la integración. Los hechos complejos, con matices y probabilidades, exigen procesamiento cognitivo y pueden resultar menos persuasivos que explicaciones simples y coherentes. Convertir la evidencia en narrativas claras, emplear metáforas o visualizaciones y desglosar la información en pasos comprensibles facilita la asimilación y reduce la resistencia.
Finalmente, la habitualidad y la exposición repetida refuerzan creencias: la repetición es poderosa. Una persona expuesta de forma constante a mensajes que confirman una creencia tenderá a mantenerla pese a un hecho aislado que la contradiga. Cambiar creencias eficazmente suele requerir comunicaciones sostenidas, consistentes y multi‑canal, que desplieguen la evidencia en distintos formatos y contextos.
En términos prácticos, las estrategias más efectivas para promover la reconsideración de creencias combinan empatía y relación, narrativas y experiencias personales, puentes cognitivos que inviten a la reflexión, modelado social con referentes respetados, experimentos personales que permitan verificar hechos por sí mismos, y repetición en el tiempo. Además, fomentar habilidades de pensamiento crítico y alfabetización mediática ayuda a reducir la influencia de sesgos. El cambio suele ser gradual: respetar el ritmo, acompañar y dialogar con curiosidad suele ser más fructífero que confrontar con datos en frío.
5 pasos para sostener una conversación difícil con alguien que mantiene una creencia resistente. Está pensado para ser aplicable en entornos personales, laborales o comunitarios.
Preparar el terreno (conectar y reducir amenaza)
Objetivo: crear un contexto seguro antes de introducir la discrepancia.
Qué hacer: elige momento y lugar adecuados; establece propósito claro (“Me gustaría entender cómo ves esto y compartir algo que me preocupa”); muestra respeto y curiosidad genuina.
Ejemplo frase: “¿Tienes unos minutos para conversar? Me interesa escuchar tu punto de vista y compartir lo que pienso.”
Escuchar activamente y validar (priorizar relación sobre corrección)
Objetivo: reducir defensas y mostrar que comprendes la función emocional de la creencia.
Qué hacer: preguntar para entender (“¿Qué te hace pensar eso?”), parafrasear lo escuchado, validar emociones (“entiendo que eso te preocupe/te dé seguridad”). Evita interrumpir o corregir en este momento.
Ejemplo frase: “Parece que esto te genera mucha preocupación; gracias por contármelo.”
Explorar la evidencia desde su mundo (puentes y preguntas socráticas)
Objetivo: abrir la mente del otro sin confrontar directamente la identidad o el grupo.
Qué hacer: usar preguntas abiertas que fomenten la reflexión (“¿Qué fuentes te han llevado a esa conclusión?”; “¿Qué pasaría si apareciera una evidencia diferente?”). Introducir información nueva con humildad y en pequeñas dosis, preferiblemente desde fuentes que el interlocutor respete.
Ejemplo frase: “¿Te importaría que te mostrara un estudio/ejemplo que vi y me hizo pensar distinto? ¿Qué opinas?”
Ofrecer alternativas y experiencias (reducir la amenaza emocional)
Objetivo: presentar marcos alternativos que mantengan la función emocional (seguridad, pertenencia) pero permitan integrar la nueva información.
Qué hacer: proponer interpretaciones que no descalifiquen la identidad (“Puede ser que… y al mismo tiempo…”), compartir testimonios o pequeñas pruebas (experimentos) que la persona pueda verificar por sí misma. Plantear pasos pequeños en lugar de un cambio radical.
Ejemplo frase: “Quizá podrías probar esto una semana y ver si notas la diferencia; no es un abandono de tus valores, solo una comprobación.”
Cerrar con compromiso y seguimiento (sembrar continuidad)
Objetivo: mantener relación y abrir puerta al cambio gradual.
Qué hacer: resumir los acuerdos, pactar un pequeño experimento o recurso a revisar, y acordar un momento para retomar la conversación. Agradecer la apertura y validar el esfuerzo.
Ejemplo frase: “Gracias por hablar conmigo. ¿Te parece si revisamos esto en una semana y vemos qué pensaste del artículo/experimento? Si te parece bien, puedo mandarte el enlace y lo vemos juntos.”
¿Un mal momento o un trastorno de salud mental?
Cuántas veces hemos observado conductas en otras personas que nos causan curiosidad y pensamos ¿qué les pasa? Detectar afectaciones a la salud mental requiere distinguir entre reacciones humanas esperadas y condiciones que ameritan ir a ver a un profesional. Un “mal momento” —la tristeza por perder un empleo, el estrés ante un examen, una discusión con un amigo— suele ser una respuesta temporal que no impide nuestro funcionamiento en el día a día y que mejora con apoyo de familiares o amigos y de aprender a solucionarlo o manejarlo. En cambio, un trastorno de salud mental implica un patrón persistente de síntomas que altera lo que pesamos, cómo nos sentimos, nuestra conducta en áreas como las relaciones, la escuela o el trabajo.
Las afecciones emocionales se manifiestan en distintos planos. En el ámbito emocional aparecen tristeza sostenida, desesperanza, culpa excesiva o cambios bruscos del estado de ánimo. En lo cognitivo, aparecen problemas de concentración, pensamientos confusos y repetitivos o preocupaciones constantes. A nivel conductual, pueden observarse distanciamiento de amigos y familia, abandono de actividades, disminución del rendimiento, conductas impulsivas o abuso de sustancias. Finalmente, la expresión fisiológica incluye insomnio, sueño excesivo, fatiga persistente, dolores inexplicables o alteraciones del apetito. Los cuadros más severos pueden sumar salirse de la realidad, alucinaciones o ideación suicida. La diferencia práctica entre un mal momento y un trastorno de salud mental se sostiene en cuatro dimensiones: síntomas, duración, intensidad e impacto en la vida diaria.
Los síntomas son cambios en las personas que muchas veces nos llaman la atención y nos indican la posible presencia de un malestar o enfermedad. Para saber si existe un trastorno de salud mental, deben presentarse un número mínimo de síntomas. Por ejemplo, trastorno depresivo mayor debe presentar al menos 5 de 9 síntomas durante al menos 2 semanas y estos afectar la capacidad de funcionar. Para diagnosticar el trastorno de ansiedad generalizada se deben presentar 3 (en adultos) de 6 síntomas principales (en niños suelen requerirse 1), durante al menos 6 meses, con afectaciones a su funcionamiento.
La duración de los síntomas es un criterio clave. Las reacciones comunes que nos ayudan a lidiar con experiencias difíciles suelen resolverse en días o pocas semanas; si los síntomas persisten más de dos a cuatro semanas sin mejoría, aumenta la probabilidad de que se trate de algo más que una reacción a un mal momento. Esta regla no es absoluta, pero resulta útil para decidir cuándo solicitar una evaluación profesional. Preguntar “¿Cuánto tiempo llevas sintiéndote así?” orienta sobre la evolución de la situación.
La intensidad determina la prioridad de intervención. Síntomas leves pueden manejarse con apoyo y estrategias de autocuidado; síntomas de intensidad moderada a grave —por ejemplo, ataques de pánico recurrentes, incapacidad para concentrarse o pensamientos de muerte— demandan atención especializada y medidas de seguridad inmediatas si existe riesgo. Preguntas abiertas como, “Descríbeme qué sientes”, ayudan a entender la gravedad y a decidir si la respuesta debe ser de apoyo, terapéutica o de emergencia.
El impacto en la capacidad de funcional es quizás el indicador más práctico. Si una persona deja de cumplir sus responsabilidades, no puede mantener higiene o alimentación adecuadas, pierde interés por actividades significativas o su rendimiento escolar o laboral decae, es momento de considerar buscar ayuda profesional. Preguntas concretas —“¿Cómo es tu día a día? ¿Puedes estudiar, trabajar y descansar como antes?”— facilita la evaluación del deterioro funcional.
Si pensamos que hay afectaciones emocionales debemos responder con empatía. Escuchar activamente para entender, validar el malestar y evitar comentarios que minimizan la experiencia (“pon de tu parte”), generan confianza y aumentan la probabilidad de que la persona acceda a buscar ayuda.
Recuerda, si notas algo en un ser querido o compañero de trabajo que te llama la atención, evita criticar y acércate para que puedas entender si necesita de tu apoyo. Puede que este pasando por un mal momento o quizá tenga una afectación emocional que requiera de ayuda profesional. La detección temprana y la intervención oportuna reducen la probabilidad de que se convierta en algo crónico, alivian el sufrimiento, mejoran la capacidad para funcionar y hasta puede salvar vidas. Tú puedes ser la diferencia.
Mucho más que solo palabras
Venimos a este mundo con una capacidad limitada para comunicarnos: entre llantos, sonrisas y movimientos damos a conocer nuestras necesidades. Poco a poco, si nuestros cuidadores están sintonizados, nos enseñan quiénes somos, qué nos pasa y qué necesitamos. En ese intercambio aprendemos el lenguaje verbal y, a través de él, nos reconocemos y entendemos a los demás.
Hablar va más allá de transmitir información: Nos ayuda a comprendernos, a ser comprendidos, a regularnos y a conectarnos. Con el tiempo y por ciertas experiencias, muchos dejamos de valorar lo profundamente transformador que puede ser el simple acto de hablar.
En la vida cotidiana cargamos con muchas cosas en silencio: Sentimientos que no sabemos cómo expresar, pensamientos que dan vueltas, preocupaciones u opiniones que ocultamos para no molestar o evitar conflicto. Pero lo que no se dice se acumula y puede hacer daño. Hablar no solo alivia: Ordena, transforma y libera.
Uno de los primeros beneficios de hablar es entender lo que nos sucede, sea desde el pensamiento o desde la sensación. Con frecuencia alguien comenta: “Ahora que lo digo en voz alta, se siente totalmente diferente”. Ponerlo en palabras obliga a ordenar la confusión, aclara percepciones y arroja luz sobre la realidad cuando somos honestos con nosotros mismos. Es como si, al expresarlo, pudiéramos verlo desde fuera y reflexionar. La neurociencia señala que cuando nombramos y pensamos sobre lo vivido, nuestro sistema nervioso se calma y somos más capaces de decidir con claridad, porque recuperamos control sobre nuestras emociones. Otro gran beneficio de hablar.
Todos necesitamos sentirnos escuchados, validados y acompañados. Hablar permite conectar con otros. Cuando quienes nos escuchan lo hacen sin juzgar, sin interrumpir y sin tratar de arreglarnos, la experiencia puede ser profundamente sanadora.
Además, hablar facilita la solución de problemas. Lo que a veces creemos no solucionable suele necesitar otra perspectiva, y esa perspectiva aparece cuando sacamos lo que ronda la cabeza y lo transformamos en palabras. Ver la situación desde otro ángulo abre opciones y moviliza recursos que antes no habíamos considerado.
Con todos estos beneficios, ¿por qué preferimos callar? Porque hablar no es solo una acción comunicativa: es un proceso emocional, mental y relacional complejo. Hablar nos enfrenta a la vulnerabilidad y nos expone a la posibilidad de ser juzgados, rechazados o incomprendidos, situaciones que pueden causar dolor. Las experiencias tempranas moldean nuestra capacidad para expresarnos: Si de pequeños fuimos escuchados y contenidos, es más probable que de adultos tengamos seguridad para exponernos. Muchas personas nunca aprendieron a expresarse, y otras tuvieron vivencias que las hicieron callar. Cuando esto ocurre, el silencio no solo nos afecta emocionalmente, sino también físicamente. El cuerpo suele “hablar” lo que callamos: Tensión crónica, ansiedad, insomnio, dolores recurrentes y fatiga emocional son manifestaciones habituales de cargas no expresadas.
Si hablar te cuesta, comienza por reconocer la dificultad sin juzgarte: Admitirlo es el primer paso y la autocompasión reduce la ansiedad. Prueba alternativas a la conversación directa, como escribir un mensaje, enviar un audio o dejar una nota. Muchas personas expresan con más facilidad por escrito. Prepara lo esencial anotando 2–3 puntos clave —qué ocurre, cómo te sientes y qué necesitas— para disminuir el bloqueo. Ensayar en voz baja o con alguien de confianza ayuda a ganar seguridad; elige un momento y un lugar tranquilos, sin prisas ni distracciones.
Empieza con frases sencillas y abiertas —“Quisiera contarte algo que me está afectando ”, “¿Podemos hablar cinco minutos?”— y, si hablas con niños o adolescentes, usa preguntas guía como “¿Qué fue lo mejor/peor de tu día?” para facilitar su expresión. Si la palabra falla, observa señales no verbales: cambios en sueño, apetito, interés o rendimiento pueden orientar la intervención. Si la dificultad para hablar viene acompañada de aislamiento, angustia intensa, cambios persistentes o riesgo, busca ayuda profesional.
Finalmente, crea rituales de comunicación regulares —una cena sin pantallas, un paseo o un “chequeo emocional” semanal de cinco minutos— y modela la expresión emocional. Decir en voz alta tus emociones, de forma adecuada, enseña a los hijos que está bien pedir apoyo. Hablar es una habilidad que se cultiva; al practicarla transformamos silencios que dañan en puentes que sanan.