El poder invisible de la salud mental: Equilibrio interno, impacto externo.

Algunas personas dicen que el tema de la salud mental está de moda, yo quisiera pesar que luego de lo que hemos vivido en los últimos años, hemos aprendido a reconocer el valor que tiene tener conciencia de la salud mental y sus efectos.

Un ejemplo es en al ámbito labora donde las estadísticas son bastante claras. La Organización Mundial de la Salud (OMS) dice que un sesenta por ciento de la población mundial trabaja y que quince por ciento de estos tiene alguna afectación de su salud mental, causando 12 millones de días de trabajo perdidos, lo que causa una perdida de un billón de dólares al año.  Creo que vale la pena prestar atención entonces.

El trabajo aporta mucho más que un salario: según la OMS, ofrece propósito, estructura, redes sociales y oportunidades de desarrollo que favorecen la salud mental y la inclusión. Para personas con dificultades emocionales, disponer de un empleo decente puede ser un factor clave de recuperación: mejora la confianza, el funcionamiento y la participación social. Esta relación es ambas direcciones: la salud mental influye de forma decisiva en la productividad y en la calidad del trabajo, por lo que convertirla en prioridad organizacional es tanto un imperativo humano como una excelente inversión.

¿Por qué las afecciones a la salud mental afectan tanto en el ámbito laboral? Porque estas afectan las capacidades de pensar, sentir y actuar esenciales para el desempeño de los colaboradores. La ansiedad y la depresión pueden reducir la atención, la memoria y la velocidad de procesamiento; la fatiga emocional disminuye la iniciativa y la creatividad; y la desregulación de las emociones afecta la toma de decisiones y la resolución de problemas. Cuando una persona no se siente bien es probable que se ausente, o que acuda al puesto, pero con rendimiento reducido, lo que a la postre provoca más errores, menor innovación y mayor rotación en los puestos de trabajo. Conocer estos mecanismos es vital para diseñar respuestas que apoyen a las personas y protejan a la organización.

Detectar quiénes necesitan ayuda es el primer paso. Entre las señales figuran la preocupación constante, lo síntomas somáticos (dolores de cabeza, enfermedades continuas), tristeza persistente, cambios emocionales abruptos, alteraciones del sueño, fluctuaciones de peso o apetito, retraimiento social, consumo de sustancias, sentimientos intensos de culpa o inutilidad, y cambios continuos en comportamiento o pensamiento. No todo malestar quiere decir que existe un trastorno clínico: la diferencia clave está en la intensidad, la duración y el impacto funcional. Un “mal momento” suele resolverse en días o semanas y no impide cumplir con las responsabilidades; un trastorno implica síntomas persistentes que limitan el trabajo, las relaciones y el autocuidado, y requieren evaluación profesional.

Ante este panorama, las empresas deben implementar intervenciones integrales y sostenidas, como programas de bienestar y apoyo y referir a profesionales de la salud mental, pausas activas, flexibilidad laboral que facilita la conciliación y reduce el estrés por conflicto trabajo‑vida.

Reducir el estigma es imprescindible para que las medidas lleguen a quienes las necesitan. Campañas de sensibilización, liderazgo que modele la búsqueda de ayuda, y formación en inteligencia emocional favorecen un clima de respeto y confianza. Las políticas deben proteger la confidencialidad y garantizar procesos no punitivos para quienes soliciten apoyo.

Apoyar a colaboradores con afectaciones a la salud mental exige políticas claras, acceso real a servicios profesionales, acompañamiento práctico y seguimiento continuo. No se trata de resolver clínicamente desde la empresa, sino de crear rutas seguras para la detección, la derivación y la recuperación, con respeto, confidencialidad y responsabilidad.

La salud mental es un poder invisible que sostiene la capacidad productiva y la resiliencia organizacional. Integrada como estrategia, permite recuperar el equilibrio interno de las personas y producir un impacto externo tangible: mayor creatividad, mejor decisión, equipos más colaborativos y una empresa más sostenible. Invertir en la salud mental de las personas no es un gasto: es construir la base humana sobre la que descansa cualquier resultado sostenible.

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