¿Para qué sirven las emociones?
Antes de responder, te invito a reflexionar: ¿qué son las emociones y los sentimientos? ¿Parecen iguales? ¿Cuántas conoces? ¿Puedes reconocer las que experimentas en tu día a día? Muchas veces, confundimos estos conceptos y los usamos indistintamente, pero en realidad tienen diferencias importantes que afectan cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
Las emociones son respuestas físicas y psicológicas inmediatas, automáticas, intensas y de corta duración. Se activan en respuesta a estímulos, ya sean internos o externos, y nos preparan para actuar. Por ejemplo, sentir miedo ante un peligro, alegría por una buena noticia, tristeza por una pérdida o sorpresa por algo inesperado son todas emociones. Estas reacciones suelen venir acompañadas de cambios en nuestro cuerpo: el corazón late más rápido, la respiración se acelera, las palmas sudan o se nos eriza la piel. Son respuestas que ocurren en nuestro sistema nervioso y que tienen una función evolutiva: alertarnos, protegernos o preparar nuestro cuerpo para una acción.
Por otro lado, los sentimientos son las interpretaciones, valoraciones o significados que damos a esas emociones. Es decir, después de experimentar una emoción, nuestro cerebro analiza y le asigna un sentido a esa reacción. Por ejemplo, después de sentir miedo, podemos pensar que estamos en peligro, o después de sentir alegría, podemos interpretar que algo positivo nos está sucediendo. Es en este proceso interno donde surgen sentimientos como amor, gratitud, nostalgia o inseguridad. Estos productos de nuestra mente y de nuestra historia personal se desarrollan en un plano más duradero y consciente.
Un ejemplo claro puede ser la alegría: la emoción en sí misma puede surgir al recibir una buena noticia, pero si luego pensamos que merecemos esa alegría o que no la merecemos, el sentimiento puede transformarse en gratitud, satisfacción o incluso orgullo. En cambio, una emoción como el miedo puede convertirse en inseguridad si interpretamos que no tenemos control sobre una situación o en ansiedad si nos preocupa el futuro.
El reconocimiento de nuestras emociones y sentimientos no solo nos aporta autoconciencia, sino también herramientas para gestionar nuestras vidas. Nombrar una emoción, reconocerla sin juicios, es el primer paso para aprender a manejarlas. Sin embargo, muchas veces evitamos sentir porque algunas emociones o sentimientos nos parecen incómodos o dolorosos. La incomodidad es en realidad una aliada; nos indica que algo en nuestra vida necesita atención o cambio, como cuando sentimos ardor en la mano y movemos la mano del fuego, tanto literal como simbólicamente.
Una de las principales dificultades para conectar con nuestras emociones es la falta de auto conocimiento. Muchas personas no saben cómo identificarlas o nombrarlas, ya sea porque nadie les enseñó o porque las normas sociales lo fomentan. En culturas machistas, por ejemplo, a los hombres se les enseña a reprimir sus emociones para parecer fuertes, lo que impide entender qué sienten realmente. Esta represión puede derivar en problemas de salud mental y dificultades en las relaciones interpersonales.
Además, las emociones y los sentimientos son complejos y muchas veces vienen mezclados o contradictorios. Podemos sentir miedo y amor al mismo tiempo, o tristeza y esperanza. Este entrelazamiento hace que sea difícil entenderlas y nombrarlas con precisión. La clave está en la paciencia y en la curiosidad por observarnos sin juzgarnos. Podemos comenzar por explorar las sensaciones físicas en nuestro cuerpo: ¿tengo tensión en los hombros?, ¿siento un hueco o pesadez en el estómago? Estas señales físicas son la puerta de entrada para entender lo que nos pasa emocionalmente.
Una estrategia útil es activar nuestro sistema nervioso: una ducha caliente, escuchar música o realizar respiraciones profundas puede ayudarnos a conectarnos con las sensaciones en el cuerpo. También es fundamental rodearnos de espacios y personas que nos brindan seguridad, confianza y aceptación, ya que eso facilita abrirse y aceptar nuestras emociones sin miedo.
En algunas ocasiones, las herramientas del autoconocimiento no son suficientes y puede ser recomendable buscar ayuda profesional. Un terapeuta puede acompañarnos en el proceso de entender y gestionar nuestras emociones, facilitando así una vida emocional más saludable.
Las emociones y los sentimientos cumplen funciones esenciales en nuestra vida. Nos alertan, nos motivan, nos conectan con nuestro interior y con los demás. Nos ayudan a comprender quiénes somos y qué estamos viviendo en ese momento. Reconocer y nombrar nuestras emociones nos da autonomía para decidir cómo responder a ellas y aprender a vivir en armonía con nuestro mundo interno. En un proceso consciente, podemos transformar las emociones incómodas en oportunidades de crecimiento y autodescubrimiento. La clave está en aceptar que sentir, en toda su diversidad, es parte de nuestra condición humana y que cada emoción tiene un propósito valioso para nuestro bienestar.